La caída del socialismo, el niño y el agua sucia
Hay que admitir sin tapujos que el socialismo existente en la Unión Soviética y demás países europeos sucumbió principalmente por los problemas internos, los económicos y políticos-sociales, agravados por el entorno agresivo en el que se desarrollaron las cosas desde octubre de 1927 en adelante. Basta retrotraer la memoria a los comienzos de la URSS, un país de muy pobre desarrollo social, económico, político y cultural, al que la humanidad le debe sin embargo logros fundamentales, como su papel esencial en la derrota del nazismo, o el derrumbe del colonialismo como sistema. Son hechos imposibles de negar o olvidar.
Lo que había sido concebido como un objetivo loable, donde no hubiera explotación del hombre por el hombre, sufrió deformaciones, arbitrariedad y carencia de una verdadera democracia, necesaria como la fotosíntesis para las plantas. Rosa Luxemburgo planteó ya en 1918 con singular claridad la imposibilidad de construir la nueva sociedad sin una verdadera democracia, que tenía que estar ligada a todas las tareas, especialmente las económicas, de la nueva sociedad. Todos los intentos, hubo varios, de renovar y salvar el socialismo fueron bloqueados por quienes ciegamente creían que el camino seguido era el único justo y acertado. Lo que Habermas y otros denominaron «ajuste sobre la marcha» fue desoído y combatido, inclusive con las armas, caso de Praga en 1968. Enfoques dogmáticos y ortodoxos, alejamiento de la vida real y burocrático desataron todo tipo de represalias contra los que pensaban distinto.
No fueron los disidentes, sino los ortodoxos y talmudistas los reales enterradores del socialismo. Hay que reconocerlo abiertamente, como condición sine qua non para sacar las enseñanzas de tantos errores cometidos.
Es un error ver las cosas en blanco y negro, como hacen los voceros del capitalismo sobados por la victoria obtenida. Hubo, sin duda, junto a tremendas deformaciones, avances no poco trascendentes en la consecución de objetivos, que la revolución rusa y otras habían inscritas en sus banderas, como la igualdad de hombres y mujeres, la atención a la salud, la niñez, a la tercera edad, la preocupación a los aspectos básicos de la enseñanza y la cultura en general. Basta una mirada a lo que sucede hoy respecto a éstos y otros rubros en la Federación Rusa o en la parte oriental de la hoy unificada Alemania.
Son dos los peligros que corre la izquierda y sus simpatizantes progresistas. Por un lado, como reza el título de esta nota, echar el niño con el agua sucia del baño, cayendo en un rechazo indiscriminado de lo que ha sido un intento fracasado de construir una sociedad socialista nueva. Por otro lado, practicar la nostalgia y no analizar seriamente los errores y horrores cometidos, que impidieron renovar a tiempo el sistema socialista. El socialismo reglamentado férreamente desde arriba, sin la participación democrática de la gente no pudo prosperar, fracasó en su intento de igualar y superar económicamente al capitalismo, como planteara Lenin en los días históricos de octubre de 1917.
El Muro de Berlín
El muro levantado entre las partes occidentales y orientales de Berlín en 1961 ha sido expresión de las tremendas dificultades que ya entonces tenían la RDA y los estados del sistema socialista, unido en el Tratado de Varsovia, quien resolvió su erección. Ha sido un intento de dudosa perspectiva, como se pudo constatar años después, para prolongar y proteger la existencia de la RDA. Era por un lado expresión de debilidad y de defensiva y por otro de la guerra fría que caracterizó después de 1945 la situación internacional, que llevó como resultado de la segunda guerra mundial a la división de Alemania en dos estados.
Hubiese sido mejor no haberlo levantado o haberlo derrumbado mucho antes de 1989. El muro, quiérase o no, ha sido consecuencia de un orden político de la posguerra y con su derrumbe se puso término a este período cargado de tensiones bélicas. Faltó voluntad política para llegar a acuerdos al respeto. No caben dudas, que desde el punto de vista moral, dividir una ciudad por un muro, es una medida extrema, antipática y resistida.
Por eso se convirtió en un verdadero bumerang y en una poderosa bandera en manos de quienes veían en el socialismo al enemigo principal. Pocos analizan hoy objetivamente como han sido las relaciones entre los aliados de la coalición antinazi. Un vistazo a las conferencias de Yalta y Potsdam ofrece elementos convincentes sobre la moral y la política de los vencedores de hoy. Harry Truman tiró sobre la mesa de discusión en Potsdam las bombas atómicas, que poco después lanzaron sobre ciudades japonesas.
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