Diego Maradona lloró emocionado en la Feria del Libro de La Habana
Como aquel chiquillo sensible que comenzó en su natal Argentina a jugar fútbol, Diego Armando Maradona lloró emocionado ante un fervoroso público que se dio cita para verle en la XI Feria Internacional del Libro de La Habana.
Maradona enseñó la víspera a los miles de asistentes sus tatuajes, en la pierna y el brazo, respectivamente, con las efigies de Fidel Castro y Che Guevara; sonrió, se hizo querer y ocultó sus ojos detrás de una gafas oscuras. De ellos brotaban, de continuo, las lágrimas.
«En este libro, afirmó con su suave acento porteño, digo todo lo que pasó en mi vida. Gracias al fútbol pude hablarle a la gente.
Fidel es un buen orador. Yo hablo con el fútbol. Maradona le dio las gracias a Cuba, en nombre de su familia, por su hospitalidad, por permitirle vivir y respirar fuera de los avatares de la fama, por el respeto que se siente por él, por los mimos y los cuidados que han rodeado su estancia en la Isla.
«Cuba es un ejemplo, apuntó severo, y lo digo ahora más que nunca. Aquí el hombre tiene asegurado las atenciones médicas y la escuela, cosa, me duele decirlo, que no sucede en mi país».
¿El pretexto de miles de personas que se concentraron en la Plaza de San Francisco, de la antigua fortaleza de San Carlos de La Cabana, sede de la reunión editorial, en esta capital? Comprar «Yo soy el Diego de la gente», biografía del número 10 de la selección de fútbol argentina. ¿La causa real? «El pelusa», su fascinante personalidad.
El periodista cubano Miguel Hernández, en las palabras introductorias al lanzamiento del libro, de 300 páginas, hizo una pormenorizada crónica de los días de Maradona, recuento que partió de Villa Fiorito, una zona marginal de Buenos Aires donde creció en un humilde apartamento al lado de sus padres y cinco hermanos.
Recordó la magia de su pierna izquierda, su paso por el club Las Cebollitas, hasta la décima categoría, después el estreno en grande en el Boca Juniors y la estela de éxitos en el Barcelona, Nápoles y la selección nacional de su país.
Hernández evocó interesantes revelaciones del texto biográfico como la primera vez que salió su nombre en la prensa, que lo equivocó por primera y última vez su nombre al poner «Caradona» por Maradona, también las reminiscencias de lo que se dio en llamar «la mano de Dios» en la copa de México 86, la derrota y desesperación de 1978.
«Yo soy el Diego de la gente» expone las consecuencias que debió afrontar el gran crack porteño por su patriótica definición de aguarle la fiesta a los italianos en el Mundial 94, y las acusaciones de la moralina por sus defectos humanos.
Lenin decía: «Los defectos son como la continuación de las virtudes, pero cuando estas últimas se presentan donde no las llaman, son defectos».
Lo cual quiere decir que como Maradona tuvo la virtud de poner en lo alto el nombre de su patria cualquier defecto que se le señale es un error del que mira sólo esas manchas.
Maradona en su libro habla de Jorge Valdano, de Claudio Caniggia, de Pelé, Blatter, Platini y los otros. Se expresa con claridad de espinosos asuntos, amargos para él, y sin embargo sus palabras no despiden odio ni resentimiento porque está a una altura inalcanzable.
En su texto recuerda el día que conoció a Fidel Castro, llevado a su despacho por el presidente de Prensa Latina (Pedro Margolles), la agencia que fundaron dos argentinos como él: Che Guevara y Jorge Ricardo Masetti.
Maradona es agradecido y, tras su más reciente percance de salud dijo: «Esto de estar vivo se lo tengo que agradecer a Barba-Dios y a Barba-Castro». Pero en la autobiografía queda flotando en el aire este Puck (duende de Shakespare) argentino, travieso y aun niño, admirable y trascendente que recuerda al inicio de su libro: «A mí, jugar a la pelota me daba una paz única». *
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