Las asambleas barriales se convierten en una nueva forma de protesta

Duhalde espera el auxilio del FMI o días de turbulencia

ISIDORO GILBERT – CORRESPONSAL EN ARGENTINA

 

Mientras, los altos funcionarios, con Eduardo Duhalde al frente, viven como una hazaña que el dólar se haya mantenido relativamente calmo, ahora que el peso flota. Un espejismo: hace un mes y pico el verde valía un peso, ahora casi el doble; no puede verse como una épica. Algo es real: si la moneda tan temida y deseada se sale mucho más de madre de ese piso de 1,40 que fue fijado cuando se depreció el peso, será verdaderamente un milagro mantener los precios, que por agnósticos suben casi a diario.

Nadie se engaña: las operaciones en divisas son limitadas, con ventas y compras pequeñas, de ahorristas o especuladores de escasa monta, el «chiquitaje» en la jerga de los operadores. ¿Qué pasará cuando tallen en serio los grandes, es decir los importadores que necesitarán divisas o cuando las deban liquidar, a cuentagotas por ahora, los exportadores, uno de los sectores que más se favorecieron con la devaluación? El viernes hicieron una pequeña incursión y hubo, por un lado, una pequeña suba y, por el otro, una disimulada intervención del Banco Central para evitar la trepada.

Son de todas maneras datos menores. Las de envergadura en la economía, aparte del crecimiento incumplido, siguen girando alrededor del FMI, reacio a abrirle la mano a las autoridades. Gobiernos claves, el de George Bush o Gerard Schroeder, el primero desde la Casa Blanca, el otro aquí en fugaz pero importante visita, le prometieron auxilio. Eso sí: los dos, como antes los europeos de peso, le han dado el mismo mensaje a Duhalde: «Pónganse de acuerdo con el Fondo».

El ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, estuvo con los que deciden en el FMI y recibió lo mismo: muestras de cordialidad y mensajes de dureza. No creen que el presupuesto de gastos que aprobará en la semana el Parlamento sea algo más que un dibujo. En rigor, es imposible que no sea así porque no hay humano que pueda calcular cuáles podrían ser los ingresos en un país detenido y por eso, más la creciente reticencia (o impotencia) de los ciudadanos para pagar sus impuestos, la recaudación sigue en picada. La rebelión fiscal puede generalizarse.

No es la única objeción del Fondo. Siguen convencidos de que las provincias son una fuente adicional que pesa en el déficit fiscal y demanda un modo diferente al actual en cómo se recaudan y se reparten los impuestos federales. Sólo unas pocas provincias, Santa Cruz, Chubut, La Pampa o San Luis, tienen en regla sus cuentas. Las otras, especialmente las grandes, están más cerca del colapso con sus secuelas sociales que poder encarar con seriedad el ajuste que le demandan desde Washington.

El ajuste perpetuo

La coparticipación actual se basa en un piso en firme que mensualmente la Nación envía a las provincias. Ya no figurará en el futuro y de la premura en reformular este reparto de gabelas la da la urgente reunión con los gobernadores que mantendrá mañana el ministro del Interior, Rodolfo Gabrielli.

A Remes Lenicov le han reclamado también que escriba una nueva ley impositiva, que tenga cuidado con dañar el sistema financiero para salvar a grandes empresas con problemas, a pesar de haber sido favorecidas con la licuación de sus deudas y un pliego adicional de demandas. Como están las cosas, el presupuesto se aprobaría esta semana pese a la oposición del centro-izquierda que lo impugna por recesivo, al igual que un fuerte espacio social. Los votos los dará el bloque oficialista, basado en el acuerdo peronista-radical. Una veintena de diputados oficialistas duda en respaldar la iniciativa.

Duhalde personalmente reunió a los más «leales» y les reclamó verticalidad y les transmitió confianza, una sensación que no es compartida incluso dentro del gabinete nacional. Remes avisó en Washington que esos números del presupuesto no serán definitivos, que en su ministerio le introducirán todos los cambios necesarios para satisfacer a sus fiscales externos para que en marzo abran la mano con giros que permitan caminar sobre piso más firme con esto de flotar el peso.

«Tenemos que dar credibilidad», dicen en el radicalismo, jugados al actual esquema que para la mayoría de los expertos es la continuación por otros medios de lo que comenzó en 1990 con el menemismo y cuyos resultados, entonces, no podrían ser distintos. Para el radicalismo, al igual que para un sector del justicialismo, es algo diferente porque se estarían colocando los cimientos para un renacer del capitalismo local.

El FMI quiere saber, además, cómo se financiará, en el presupuesto no está, el costo de la pesificación, un número, grande, pero que aún es sólo una idea. Y, además, como piensa encarar la actual administración, la renegociación pendiente de la deuda con los acreedores externos. El gobierno está convencido que con un presupuesto sustentable, calificativo impuesto por el secretario del Tesoro, Paul O’Neill, «se verá la seriedad del programa económico, llegará la ayuda, y la reactivación comenzará a dar sus primeros pasos».

Aún dentro del oficialismo hay voces que sostienen que el planteo es irreal y que el gobierno está sentado sobre un volcán que por ahora administra más o menos bien, pero que podría entrar en erupción. La conflictividad se extiende por todos los rincones y se contiene a gatas. Unas de las claves es frenar los precios. Pero las petroleras enojadas porque Duhalde decidió, bien visto por el FMI, gravar sus exportaciones, anuncian que aumentarán los combustibles, un factor indeseable.

El conflicto permanente

Las asambleas barriales, que pueden verse como pimpollos de una nueva forma de representación popular y ponen nerviosa a la derecha, que las imagina como soviet criollo, pasan por un período de asentamiento y de reflexión.

Un informe reservado del Ministerio del Interior indica que a Plaza de Mayo a las últimas tres concentraciones de los viernes casi a la medianoche ha ido el mismo número de personas: 7 mil, según la Policía Federal; el doble, para los que participan de las mismas.

El análisis añade otros datos: que funcionan regularmente más de 30 asambleas barriales solamente en esta ciudad, con participación, en algunas de ellas, de un millar de vecinos. Pero lo más novedoso es la extensión casi nacional de estas maneras de reunirse, debatir, decidir y marchar en bloque hacia un lugar determinado.

Pero han ocurrido desprendimientos u otros afluentes de protesta que prefieren expresarse corporativamente. Primero, porque suponen que de esa manera sus actos tendrán más fuerza, como la recorridas casi a diario por la City porteña de ahorristas que exigen con cada vez más violencia que les devuelvan sus verdes. Son acciones contra bancos convertidos en búnker, que no obstante, los damnificados logran sobrepasar, incluso rompiendo a martillazos las láminas de metal con que están cubiertos los edificios. O astillando lo duros ventanales, hoy ocultos.

Por la quinta presidencial en Olivos hace días que están concentrándose, incluso con una carpa permanente, los dueños de inmobiliarias, varios miles, uno de los rubros más afectados por el corralito. No solamente ha congelado cualquier operación de compra y venta sino que amenaza con detener toda la industria de la construcción.

No solamente por esa actividad es que el corralito pone en jaque cualquier intento de reactivación: el dinero circula a goteo, el crédito es inexistente (o a tasas impagables) y como la confianza en los bancos es nula, nadie se anima a afirmar que anulando las restricciones, los ahorristas no retiren en masa sus dineros y el sistema, colapse. Hay quienes piensan que este sistema restrictivo no puede durar mas allá de marzo, agudizando al m

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