Las viudas de la guerra
Sin el «burka» y con el bolso lleno de pan seco, Parwin mendiga desde que murió su marido, en 1997, en los combates de las afueras de Kabul, como cientos de miles –quizá más de un millón– de viudas de guerra que viven como ella, sin esperanza.
«Vivo de la caridad. Pero a menudo no recibo más de 500 afghanis (4 centavos de dólar)», se lamenta Parwin, mujer delgada y sin dientes, que ignora su propia edad.
Después de 23 años de guerra, unas 60.000 familias perdieron un «mártir», combatiente o víctima indirecta, en Kabul, y más de 1,5 millón en toda Afganistán, opinó el viceministro de los Mártires y Lisiados, Shah Yahan Ahmadi.
El régimen talibán prohibió a las viudas, como al resto de las mujeres, trabajar, hundiendo aun más en la miseria a estas madres de familia, casi siempre numerosa. Por su parte, el Estado arruinado, con un presupuesto dedicado casi por completo al ejército, nunca previó fondos para esas viudas.
Antes de la llegada de los talibán, las familias de los combatientes muertos recibían 380.000 afghanis (19 dólares) al año y los familiares de altos comandantes 450.000 (22,5 dólares). Una miseria en relación al salario mensual medio de un pequeño funcionario equivalente a 70 dólares.
Pero las viudas de las víctimas indirectas, puede que más numerosas que las de los mujaidines muertos en combate, no pueden optar a esta pequeña ayuda.
«Los soldados y empleados del gobierno tienen todos los derechos, nosotras ninguno», resumía Yakut, cuyo marido fue muerto por una bomba cuando se dirigía al trabajo, en 1993 en plena guerra civil. *
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