Argentina y la quiebra del pensamiento único

Que la Argentina refleja como un espejo la quiebra del modelo neoliberal, no lo discute nadie. Hugo Chávez opinó que De la Rúa cayó por una «sobredosis de neoliberalismo.» Raúl Alfonsín (que sabía de qué estaba hablando, y pronunció el discurso más elevado –junto con el de Elisa Carrió– en la Asamblea Legislativa) habló de «la fuerza inercial del neoliberalismo», definió a éste como «la antipolítica», señaló que frente a él «hemos perdido capacidad de decisión nacional», que lo lobbies tienen más fuerza que el gobierno representativo y que la «globalización insolidaria» –en sus términos– acentúa las diferencias entre las naciones y al interior de cada una. En el reciente encuentro del Foro de São Paulo efectuado en La Habana se previó que la aplicación sin reservas del modelo neoliberal desembocaría inexorablemente en la caída del gobierno argentino.

Creo que se debe decir algo más. Conjuntamente con el neoliberalismo, lo que ha hecho crisis es el pensamiento único que lo sustenta, caracterizado por Ignacio Ramonet como «una invisible y omnipotente policía de la opinión», «una viscosa doctrina que insensiblemente envuelve todo pensamiento rebelde, lo inhibe, lo perturba, lo paraliza y acaba ahogándolo», agregando que en su «arrogancia, altivez e insolencia» este «moderno dogmatismo» no es otra cosa que «la traducción en términos ideológicos pretendidamente universales, de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital internacional».

Fernando De la Rúa llegó a la Casa Rosada como candidato de la coalición aliancista (radicalismo más Frepaso) con un programa que implicaba dar vuelta la orientación de diez años de gobierno menemista, el alumno más ejemplar en la aplicación de las directivas del FMI, o sea, del neoliberalismo químicamente puro. Dicho gobierno mediante las privatizaciones malbarató las riquezas fundamentales de la Argentina, y de paso cañazo los integrantes de la cohorte en el poder se forraron los bolsillos en la más descarada sucesión de actos de corrupción en los más diversos órdenes, por los cuales algunos (pocos) de los integrantes de la mafia fueron enjuiciados y otros menos encarcelados. Este curso debía ser motivo de un cambio de raíz. Es lo que decía el programa de la Alianza, y por eso el pueblo los votó.

Pero De la Rúa hizo lo contrario. Se empeñó en una orientación que significaba la continuidad con el menemismo en la esfera de la economía. Se aisló en un estrecho círculo áulico con preeminencia de hombres como el gran banquero De Santisteban y los proyectó a los cargos del gabinete. Después trajo nada menos que a Cavallo, que prosiguió la destrucción de la economía argentina de la cual había sido factótum bajo Menem, y cuyo resultados son 42 meses de recesión continua, la paralización del aparato productivo, un nivel de desocupación abierta cercano al veinte por ciento, la poda de los salarios y jubilaciones, la virtual congelación de los depósitos. En ese cuadro, la renuncia de Terragno sonó como un aldabonazo ya que planteó como alternativa la necesidad de una renegociación de la deuda externa que ahora, muchos meses después, está instrumentando el gobierno provisional como única salida. Pero De la Rúa hizo oídos sordos. Más aún: como expresión insuperable de falta de visión política, de estrechez de miras y de testarudez, se emperró en mantener a Cavallo, a pesar del clamor levantado en su contra en todo el país, hasta el penúltimo minuto anterior a su renuncia. Sus palabras de la tarde del jueves, cuando prácticamente ya todo estaba consumado, mostró su escasa talla política, su falta de manejo, su torpeza. Un episodio penoso.

¿Por qué obró de esta manera? Sus falencias de concepción política, puestas de relieve estos dos años y particularmente en las horas críticas, no quitan que De la Rúa sea en lo personal un hombre honesto, austero, republicano, ajeno al mínimo acto de corrupción. De ningún modo se aprovechó de la política económica de su gobierno (cosa que sus antecesores están muy lejos de poder decir). Pero lo real es que su política económica, diametralmente opuesta a la comprometida, era más de lo mismo en relación con la del menemismo, incluso, en forma paradigmática, con el mismo Cavallo como mascarón de proa. Vuelvo a la pregunta: ¿Por qué lo hizo? Quizá porque, como hombre de mentalidad conservadora, no creyó en el programa económico de la Alianza, lo aceptó de labios para afuera, y cuando llegó al gobierno probablemente pensó que era imposible, en el mundo de la globalización neoliberal imperante, poner en práctica otro modelo que no fuera el neoliberal. Pensó que el FMI, el Banco Mundial y otros órganos del poder mundial son omnipotentes. Que no hay margen de maniobra posible. Que si se controvierten sus recetas económicas, sólo espera el fracaso. Aquí entra en juego el problema ideológico que mencionamos al inicio.

Otro hecho es revelador en ese sentido. En la víspera de la renuncia, hubo una importante reunión en Cáritas, ambientada por sectores de la iglesia. Allí, representantes del trabajo productivo, de la industria nacional, del vasto conglomerado de las Pymes (pequeñas y medianas industrias), de los trabajadores, de la cultura, de la propia iglesia, subrayaron en llamativa coincidencia la necesidad de implementar de inmediato un conjunto de medidas de reactivación productiva y creación de puestos de trabajo, y que atendieran en lo inmediato las necesidades alimentarias de la población más carenciada. Todo ello implicaba, desde luego, desprenderse del lastre de Cavallo. Advirtieron que, en caso contrario, el país se despeñaría. El mismo fue el mensaje del pueblo que se movilizó espontáneamente y en masa el primer día, concentrándose en Plaza de Mayo. De la Rúa hizo oídos sordos otra vez, en una actitud rayana en la obcecación. La única explicación plausible es que considerara imposible e inviable apartarse de las directivas de los organismos internacionales. Una vez más, el pensamiento único.

El drama argentino, que hemos vivido en carne propia, ha demostrado la primera parte de la proposición: el neoliberalismo conduce a la catástrofe. A los anteriores presidentes radicales (Yrigoyen, Frondizi, Illia) los derribaron sendos golpes militares.

Después de Alfonsín, a De la Rúa lo tiró abajo el neoliberalismo fondomonetarista. Ahora hay que demostrar la recíproca: que es posible, sustentable y viable una política económica distinta y opuesta al neoliberalismo. Allí radica la gran misión del Frente Amplio y de otras fuerzas de izquierda de América Latina cuando accedan al gobierno.

Tales son las principales enseñanzas y el desafío esencial derivados de los hechos argentinos.

Y no los que pretenden sacar torcidamente algunos oportunistas de tomo y lomo, del tipo de un ex presidente que liquidó el ferrocarril y se subió al carro de la campaña que culminó con la grandiosa victoria popular del 13 de diciembre de 1992, que ahora se trata de prolongar y consolidar firmando por Antel. *

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