ANALISIS INTERNACIONAL

La autocrítica de Fidel Castro

NIKO SCHVARZ

 

Visto de cerca, Fidel está más flaco. Conserva intacto el gusto de hablar con todo el mundo. El miércoles 5, después de una prolongada sesión del X Encuentro del Foro de Sâo Paulo a la cual asistió íntegramente dialogando con varios oradores, bajó del estrado y estuvo hora y media conversando con los delegados y respondiendo preguntas. (Aprovecho para aclarar que fui yo quien le pregunté sobre los índices de mortalidad infantil en Cuba, como se consigna en un recuadro de mi nota del viernes 14, páginas 48 y 49). En el medio hizo como que se enojaba cuando una uruguaya le aconsejó que se fuera a descansar, y siguió por un buen rato. En la clausura del Encuentro, el viernes 7, habló desde poco antes de las 23 horas hasta las 4 de la mañana del sábado. Bien plantado sobre los dos pies, erguido, girando la cabeza para abarcar la vasta sala, haciendo bromas sobre los que dormitaban a derecha e izquierda, comenzó pausadamente y en tono bajo, luego se fue animando y mantuvo su tradicional energía hasta el final. Después avanzó sobre el proscenio y mantuvo un diálogo con los que resistieron hasta las 6. De ahí se marchó con unos periodistas tenaces, cámaras y filmadoras al hombro, para un reportaje que terminó en un almuerzo a mediodía.

El capital humano es infinito

En esas intervenciones, Fidel echó mano a una cantera inagotable de recuerdos, de proyectos que bullen en su cabeza, de pensamientos que ilustran su concepción de que el mundo está, antes que nada, en una lucha de ideas de carácter universal.

El concepto general es el siguiente: en Cuba introdujimos más justicia que en cualquier parte del mundo, pero ¡cuánto mejor hubiéramos podido hacerlo! Nuestros errores no son fruto del burocratismo ni de la indiferencia, sino de la ignorancia, de la insuficiente aplicación de la ciencia y de la técnica. Por eso la gran batalla es la del conocimiento, la de la educación, que estamos extendiendo a todos los niveles. En tal sentido adelantó que proyectan y comenzaron a aplicar no menos de 70 programas para la educación y la salud. La Escuela Latinoamericana de Ciencias Médicas es parte de ese plan ya transformado en realidad magnífica. De estos temas habló una y diez veces con entusiasmo desbordante. Desde los paneles solares en las escuelas a la reducción del número de alumnos por maestro, de 35 a 20, así como de los planes de estudio con remuneración y de la renovación de la pedagogía. Exaltó los valores de la cultura y condenó la invasión cultural embrutecedora y deformante. Se refirió a los niños, a los nutrientes en su alimentación en los tres primeros años de vida, al hecho de que están protegidos contra 13 enfermedades, y lo comparó con los cientos de millones de niños que mueren al año por hambre o enfermedades curables bajo el capitalismo. El objetivo es que el ciudadano cubano pueda dominar cinco idiomas, apelándose a la enseñanza de las lenguas por radio y otros métodos modernos.

Lo que se requiere, concluyó, es desarrollar el capital humano, que es infinito, no el capital financiero. Cuba posee capital humano (médicos, educadores, científicos) y lo va a seguir ampliando. Hicimos mucho, pero podemos hacer muchísimo más. Nuestras posibilidades son enormes, y las debemos desarrollar plenamente. A mi juicio ese fue el contenido general de su profunda autocrítica, destinada a examinar errores e insuficiencias para avanzar con mayor audacia hacia el futuro.

La sed insaciable de saber

Se refirió en ese plano a la sed insaciable de saber de los seres humanos y al concepto de cultura integral, a las maravillas que pueden lograrse con la aplicación de los modernos conocimientos. Nuestro socialismo precisó: es subdesarrollado frente a las posibilidades abiertas en el mundo de hoy, que definió como «casi infinitas». Un hombre convencido de lo que debe hacer es invencible, se sobrepone a todas las dificultades. Explicó en ese orden las labores internacionalistas desarrolladas por no menos de 400 mil cubanos en una serie de países a lo largo de estos 40 años, expresión de la concepción humanista de la revolución. Los ejemplos se extendieron a América del Sur y Central (Nicaragua, Perú, Paraguay, El Salvador, Venezuela) y a Africa, particularmente. Desde ese ángulo reiteró su «rechazo por profundísimas razones a todas las formas de terrorismo».

Volvió una y otra vez al tema de la lucha ideológica, de las ideas, en el mundo actual. Dijo que con los valores que encierra el Nuevo Testamento se podría hacer un programa comunista. Concluyó que con educación y cultura se puede llegar a cualquier cosa, alcanzar los límites más alejados. Siguiendo a Martí, Cuba aspira a ser el país más culto del mundo. Nos apena que miles de millones de seres, capaces de llegar a esos objetivos, no los alcancen por culpa de un sistema injusto.

La idea de felicidad

Por ahí expuso también ideas sobre la felicidad. Les dijo a los 750 estudiantes norteamericanos que lo entrevistaron en medio del Encuentro que puede hacer más feliz una obra de arte que un automóvil. Y enfatizó que «la felicidad depende de valores que pueden crearse de manera infinita». *

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