El instante en que el tiempo se detuvo
Christian Chaise – Jerusalén, AFP
Solo ante el Muro de Las Lamentaciones y frente a 2.000 años de historia, Juan Pablo II, con un papel en la mano, caminaba lentamente, inclinado, apoyándose en su bastón.
A su alrededor, la gente estaba paralizada, como consciente del carácter extraordinario de esta escena.
A petición del Papa, la media docena de personalidades que caminaban a su lado se detuvieron para dejarlo «solo en sus oraciones», como comentó más tarde el rabino Michael Melchior, ministro israelí de la Diáspora.
Cardenales de la curia que lo acompañaron, responsables israelíes, numerosos policías e incluso un puñado de judíos ultraortodoxos observaron esta escena detrás de una barrera: sus ojos fijados en la endeble silueta blanca que sobresalía en la Muralla.
El Papa se detiene, baja la cabeza y comienza a rezar en voz baja. Luego deposita el papel en una larga hendidura del Muro, que toca unos instantes con su mano derecha y efectúa el signo de la cruz en dirección del Muro, como si quisiera bendecirlo, antes de dar la vuelta para marcharse.
Pero cambia de opinión y regresa al Muro, sobre el cual coloca durante bastante tiempo la mano izquierda.
Sobre su sotana blanca, destaca una cruz, símbolo odiado por los judíos ultraortodoxos.
Son alrededor de las 10.30 en el Muro de las Lamentaciones, ubicado en el Casco Viejo de Jerusalén, el lugar más sagrado del judaísmo, pero el tiempo parece haberse detenido.
Por primera vez en 2.000 años, el heredero del trono de San Pedro, jefe de una iglesia todavía maldita por numerosos judíos –que le reprochan la Inquisición, los pogromos (asalto a las juderías y matanza) y la Shoah (Holocausto)– vino al Muro de las Lamentaciones.
El papel que depositó en el Muro –tradicionalmente, los judíos deslizan en un intersticio un papel con una oración escrita– tiene un texto firmado por el Papa con mano temblorosa «Johannes Paulus II» (Juan Pablo II en Latín), con una petición de perdón divino, que había presentado el 12 de marzo en el Vaticano, por las ofensas y pecados cometidos por los cristianos contra los judíos a lo largo de la historia. Paralelamente, a unos cientos de metros de distancia, detrás de varias barreras policiales, media docena de judíos, cabeza y hombros cubiertos por el tradicional chal de oración, seguían recitando sus salmos balanceando el busto hacia delante, ajenos a la presencia papal.
Como su visita del jueves a Yad Vashem, memorial a los seis millones de víctimas judías de la Shoah, la llegada del Papa al Muro provocó diversas reacciones entre los judíos.
Algunos, como el doctor Michael Cohen, vinieron especialmente para verlo.
«Estamos muy emocionados. La mayoría lo está», dijo, calificando la llegada del Papa a este lugar de «muy, muy importante».
Pero la mayoría de los que lo rodean discrepan.
«No es diferente de la llegada de otros turistas», afirmó en tono peyorativo Yisorel Stefanski, ataviado de negro como los ultraortodoxos. ¿El Papa, un turista?» «Es un turista», repitió.
Algunos se niegan a contestar. Otros se explayan: «La historia tiene un pasado horrible con los judíos quemándolos en las hogueras, las Cruzadas, la Inquisición, los progroms», lanzó Benn Tripp, un judío de Montreal. «Esto no lo olvidamos».
La visita papal que se prolongó un máximo de 20 minutos, suscitó un breve incidente cuando un joven ultraortodoxo vestido con sombrero y ropa negra fue llevado por policías de civil por intentar gritar consignas hostiles contra Juan Pablo II.
Otros judíos prefieren la indiferencia. «No es importante para nosotros. Pero si estima que es importante para él, es bienvenido», comentó tranquilamente el rabino Moshe Zwick.
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