En su último día en Tierra Santa hizo un nuevo gesto de paz para los judíos

El Papa volvió a pedir perdón

Jerusalén, ANSA

En la Explanada de las Mezquitas –punto central del llamado al-Haram al-Sharid, el Noble santuario, tercer lugar más sagrado para el Islam, luego de la Meca y Medina– el Papa fue recibido por la más alta autoridad islámica de Jerusalén, el Gran Mufti Ikrama Sabri, y los principales responsables del Waqf, el consejo de protección de los lugares santos islámicos.

La llegada del pontífice a la explanada fue marcada por la liberación de decenas de palomas blancas, símbolos de paz, mientras en el cielo de Jerusalén se levantó asimismo una bandera palestina, atada a globos.

A esta pequeña provocación nacionalista –los palestinos han aprovechado de la visita papal para relanzar la causa del futuro Estado que quieren crear– se sumó una innovación en el protocolo previsto, ya que entre quienes recibieron al Papa en la explanada se encontraba el dirigente palestino Faisal Husseini, que las autoridades israelíes no querían participase en el encuentro, dado su carácter religioso.

Husseini aprovechó la ocasión para tomar sus distancias, en nombre de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), de recientes declaraciones del Gran Mufti, quien había negado la entidad y las dimensiones del Holocausto.

Tras el encuentro en la explanada, el Papa se reunió con el Gran Mufti y los responsables islámicos en las oficinas del consejo islámico de la Ciudad Santa, antes de proceder hacia el Muro de las Lamentaciones –al pie de la colina coronada por la Explanada de las Mezquitas–, una estructura de unos sesenta metros que pertenecía al segundo Templo de Jerusalén, que fue destruido por los legionarios romanos del emperador Tito en el año 70 DC.

Fue allí que, en el segundo gesto sin precedentes de la jornada, Juan Pablo II siguió la tradición respetada por todo judío religioso y dejó entre las piedras desgastadas del Muro su proprio «fituch», o sea un pequeño papel en el que el fiel deja una plegaria o una promesa a Dios.

El «fituch» del Papa Juan Pablo II–escrito en idioma inglés, con el escudo del Vaticano y la firma autógrafa del pontífice– llevaba el siguiente mensaje, que el Papa leyó antes de dejarlo en el Muro de los Lamentos: «Dios de nuestras fes, que has elegido a Abraham y sus descendientes para llevar tu nombre a las naciones, expreso mi profunda tristeza por aquellos que en el curso de la historia han provocado sufrimientos a tus hijos. Pedimos tu perdón y nos empeñamos en lograr la auténtica hermandad con el pueblo de la Alianza».

Posteriormente, responsables del memorial de la Shoah de Yad Vashem, que el Papa visitó el viernes pasado, informaron que la hoja de papel dejada por Juan Pablo II ha sido recuperada y será expuesta en el museo del Holocausto, como signo de la «innegable importancia histórica» de la visita del pontífice.

Luego de sus citas con musulmanes y judíos en sus lugares santos, Juan Pablo II pasó a visitar el lugar más sagrado para los cristianos de todo el mundo, la basílica del Santo Sepulcro, donde celebró una misa en la que lanzó un nuevo llamado para la unidad de todas las Iglesias cristianas.

«Aquí, entre el Santo Sepulcro y el Gólgota, mientras renovamos nuestra profesión de fe, ¿podemos acaso dudar que en la potencia del espíritu de la vida nos será dada la fuerza para superar nuestras divisiones y trabajar juntos con el objetivo de reconstruir un futuro de reconciliación, de unidad y de paz?», preguntó el pontífice en su homilía.

En la ceremonia estaban presentes, además de numerosos cardinales y obispos católicos, el patriarca Diodoros de la Iglesia ortodoxa griega, el patriarca Torkom de la Iglesia ortodoxa armenia y representantes de los protestantes luteranos y anglicanos, además de delegados coptos, sirios y etiópicos.

«Aquí, donde Nuestro Señor Jesucristo murió para reunir los hijos de Dios dispersos, que el Padre de misericordia refuerce el deseo de unidad y de paz entre quienes han recibido el don de la vida a través del bautismo», pidió el Papa durante la celebración.

Tras haber celebrado la misa y la plegaria del Angelus dominical, el Papa tenía un solo compromiso que cumplir antes de regresar a Tel Aviv para embarcarse de regreso a Roma: un almuerzo con los responsables del patriarcado latín en su sede- pero agregó a su programa una última etapa fuera de programa.

Sin avisar a nadie en la basílica, Juan Pablo II regresó al Santo Sepulcro para recogerse en oración en la capilla del Calvario, que no había visto en su visita anterior. «Regresó expresamente para rezar delante del Calvario, para nosotros fue absolutamente fabuloso, no lo podíamos creer», contó a ANSA el franciscano español Luis Terrato, superior de la iglesia del Santo Sepulcro.

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