Diez años después de la caída de la URSS

Sexo y libertad de expresión liquidarón tabúes soviéticos

Millones de telespectadores siguen en directo los amores y los diálogos, a veces subidos de tono, de seis jóvenes encerrados en un apartamento en el programa «Tras el cristal», la versión rusa de «Big Brother», con tanta audiencia como en otros países.

Algo inimaginable hace diez años en un país en el que una soviética aseguraba en una de las primeras conexiones ruso-norteamericanas televisadas que «en la URSS no hay sexo».

Una frase, hoy histórica, que reflejaba a la vez el pudor y la hipocresía omnipresente en esa sociedad.

En un país pretendidamente puritano, maridos infieles denunciados por sus mujeres comparecían ante los camaradas del Partido Comunista para responder a un interrogatorio sobre «cómo ocurrieron» los hechos con sus amantes.

Además del tabú principal de la crítica del régimen, «la sociedad soviética tenía muchas prohibiciones simbólicas: se podían hacer cosas pero sin hablar de ellas, hablar pero sin decirlo todo…», destaca el politólogo Boris Kagarlitski.

Sin embargo y paradójicamente, ese sistema cuajado de restricciones acabó estimulando el proceso creativo.

«En el terreno artístico, había que simular que no se estaba en contra del realismo socialista, la estética oficial del régimen», cuenta Kagarlitski.

La democracia llevó a los rusos la literatura y la música de todas las tendencias y de todos los niveles.

Tanto es así que algunos artistas que sufrieron bajo el comunismo ahora defienden la restauración de la censura para luchar contra el sexo, la violencia y las dudosas revelaciones de las que se alimenta la prensa sensacionalista.

«Somos como adolescentes de 14 años, con el cuerpo maduro pero el cerebro de niño, que no entienden demasiado lo que se puede y lo que no se puede hacer», considera el escritor y presentador de un programa de humor Viktor Chenderovich.

Son los herederos del «brejnevismo», marcados por las prohibiciones y las penurias, los que en los años 90 se convirtieron en mujeres con minifaldas mínimas y escotes pronunciados y en esos «nuevos rusos» con un gusto por el lujo que roza en el ridículo.

En los años 70, hacía falta mucho valor para ponerse medias negras o pantalones tejanos, «cediendo a la venenosa influencia de Occidente».

Hoy, los rusos se ríen de expresiones como esa, pero los valores liberales aún provocan reacciones muy distintas entre quienes durante mucho tiempo conocieron la vida en la URSS.

Por su parte, los jóvenes de 20 años «no conocen ninguna prohibición pero, como no han luchado para ser liberados, tampoco saben servirse de esa libertad», asegura el sociólogo Yuri Levada, director del instituto Vtsiom. *

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