Los presidentes de Bielorrusia, Rusia y Ucrania firmaron su defunción

Hace 10 años desaparecía la Unión Soviética

La desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, pronunciada el 8 de diciembre de 1991 por los presidentes de tres de ellas, Bielorrusia, Rusia y Ucrania, menos de cuatro meses después de fracasar en Moscú un golpe de Estado conservador, significó el fin de un régimen basado en el autoritarismo.

Este había sido ya flexibilizado en gran medida desde 1985 por la política de democratización y de reestructuración (perestroika) del sistema comunista llevada a cabo por el presidente Mijail Gorbachov.

El hundimiento definitivo del sistema, con la consiguiente obtención de libertades individuales, fue celebrado en la época por multitudes entusiastas.

Alla Iatlova, traductora de 70 años cuya familia sufrió la represión stalinista, considera que «quienes conocieron de cerca el régimen soviético no tuvieron nunca más sueño que el de la libertad». «Yo me alegro todos los días de lo que ocurrió», agrega.

Según un reciente sondeo, 75% de los rusos se acuerdan de la represión de la época soviética y 61% la consideran injustificada.

Pero la liberalización radical del régimen acarreó un auge sin precedentes de la criminalidad. Los asesinatos mafiosos, de los que se cometen impunemente cientos por año, y la extorsión se han convertido en cosa corriente.

La corrupción, existente ya en la URSS, invadió todos los niveles del aparato de Estado.

Paralelamente, los defensores de los derechos humanos no cesan de denunciar las espantosas condiciones de detención de millones de presos en las cárceles rusas.

El derrumbe del sistema de salud pública y el alcoholismo endémico han provocado en diez años una reducción de cuatro años de la esperanza de vida, que es ahora de 59 años para los hombres rusos.

La disminución de la natalidad y el alza de la mortalidad a los peores niveles de Europa plantean el riesgo de una «catástrofe demográfica», según reconocen las autoridades.

La principal causa de esa evolución es la extrema pobreza de gran parte de la población y las desigualdades cada vez más agudas.

Cuarenta millones de personas, es decir cerca de un tercio de la población rusa, vive actualmente por debajo del umbral de la pobreza.

Finalmente, las dos guerras lanzadas contra los independentistas de Chechenia (1994-1996 y 1999) han demostrado al mismo tiempo la debilidad de las fuerzas armadas rusas y los límites del credo democrático proclamado por el Kremlin en 1991.

En el cargo desde marzo de 2000, el actual presidente, Vladimir Putin, que restauró el himno soviético con una nueva letra, tiene el apoyo del 70 por ciento de los rusos, que aprecian su promesa de una «dictadura de la ley» y esperan que su nivel de vida mejore a raíz de las reformas económicas emprendidas desde su elección. *

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