Qué hacer con el talibán norteamericano

El gobierno de Washington admitió ayer que no sabe qué hacer con el joven norteamericano que militó en las filas del Talibán, John Walker o «Abdul Hamid», y mucho menos con los otros dos combatientes capturados por la Alianza del Norte que afirman ser ciudadanos estadounidenses.

Quien sí tiene una idea al respecto es el padre del «talibán estadounidense», Frank Lindh.

«Queremos darle un gran abrazo», dijo Lindh en declaraciones a la televisión, «pero también quiero darle una pequeña patada en el trasero por no haberme contado en qué andaba y no pedirme permiso».

«Yo no iba a darle permiso para irse a Afganistán», dijo Lindh en referencia a la sangrienta aventura de su hijo, de 20 años, quien combatió con las tropas del régimen talibán durante meses hasta que la semana pasada cayó, junto a varios de sus compañeros, en manos de las fuerzas de la Alianza del Norte.

Oficiales estadounidenses en Afganistán «están hablando» con Walker, «pero todavía no tomamos ninguna decisión sobre qué hacer con él», reconoció hoy la vocero del Pentágono, Victoria Clarke.

Walker, que vivía en los suburbios de San Francisco y usa el apellido de su madre –que está separada de Lindh–, abandonó Estados Unidos hace varios años, después de convertirse al islamismo, y se habría sumado al talibán durante su paso por Pakistán.

La situación del joven talibán estadounidense es compleja, incluso desde el punto de vista jurídico. En medio de la ofensiva contra el terrorismo lanzada por Estados Unidos después de los atentados del 11 de setiembre contra el Pentágono y las Torres Gemelas de Nueva York, Walker no encaja en ninguno de los tipos de enemigos delineados por Washington.

El gobierno norteamericano, que quiere establecer definitivamente su identidad y terminar de conocer su situación, todavía no decidió si lo repatriará o lo considerará un prisionero de guerra.

Expertos legales adelantaron que los polémicos tribunales militares puestos en marcha por el gobierno estadounidense para combatir el terrorismo no servirán en el caso de Walker, ya que solamente pueden juzgar a extranjeros.

Por otro lado, para acusarlo de traición son necesarios dos testigos. «Y eso será muy difícil de encontrar en Afganistán», especularon los especialistas. La posibilidad más viable, señalaron, puede ser la de acusarlo de conspiración sediciosa, que requiere de pruebas menos contundentes.

«Estamos ansiosos por escuchar lo que el gobierno tiene para decirnos», dijo Lindh, quien ya contrató un abogado para defender a su hijo en el complicado caso. Walker, quien se convirtió al islamismo cuando tenía 16 años, emergió como un fantasma de entre las ruinas de la fortaleza de Mazar-i-Sharif. *

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