Los baños públicos, un placer que vuelve a Kabul
Prohibidos durante todo el período de los talibanes, los baños públicos han vuelto a la actividad en Kabul, y acogieron este viernes, día de reposo en los países musulmanes, a un numeroso público.
El edificio, situado en una callejuela de Kah Froshi, un céntrico barrio de Kabul, es discreto. Según su gestor, Gailani, de 50 años, el establecimiento tiene más de 120 años.
En el tejado, del que escapa una nubecilla de vapor, están tendidas las toallas cuadradas de algodón blanco para uso de los bañistas.
El baño simple cuesta 7.000 afganos, veinte centavos de dólar, y da derecho a una taquilla para la ropa, y a una toalla.
Por unos miles de afganos más, los clientes pueden obtener jabón, champú, o recibir un vigoroso masaje.
Una treintena de personas ocupa la sala de baños, y cruzando una estrecha puerta se accede a los baños propiamente dichos, de agua caliente y fría. Algunos clientes se lavan concienzudamente, otros charlan en medio del calor asfixiante, sin apenas distinguirse en medio del vapor. El agua gotea por las paredes.
Los hombres bromean en medio de esta atmósfera reencontrada, y se preguntan si ya se permite a las mujeres acudir a los baños. Ninguno lo sabe.
Los talibanes prohibieron los baños en común, y exigieron que los bañistas entraran uno a uno en la sala de baños.
«Hoy venderemos más de mil entradas», aseguró Gailani. Los últimos días, la clientela no ha cesado de aumentar.
Desde principios de semana, su establecimiento ha acogido a unos 600 bañistas diarios.
Gailani estima que en la capital afgana debe haber un centenar de baños públicos.
Uno de los bañistas, de espaldas imponentes, Jan Agha, se destaca.
Cerca de los baños tiene un establecimiento de masajes. Miembro de una familia de carniceros, asegura haber heredado de sus parientes el «don» de hacer masajes.
Agha fue un luchador famoso, que representó a su país en cuatro juegos olímpicos: los de Tokio (1964), México (1968), Munich (1972) y Moscú (1980).
Un poco más lejos, un comerciante de ungüentos y especias llama la atención: es el único que lleva turbante, una prenda muy común en el período de los talibanes.
Sardar Singh, de 73 años, ríe. «Hace más de 40 años que llevo turbante, y nada ha cambiado para mí». Singh forma parte de la minoría sikh, aún presente en Afganistán.
«Sí, algo ha cambiado» –admite–, «ahora puedo escuchar música en mi radio». Otro placer prohibido por los talibanes. *
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