La impunidad de Carlos Menem
ISIDORO GILBERT – CORRESPONSAL EN ARGENTINA
Si varios procesamientos, con sus más y sus menos, de figuras consideradas paradigmáticas de usar el dinero ajeno, con que se marcó un tramo del gobierno de Fernando de la Rúa intentaban compensar el continuismo económico por el lado de frenar la impunidad, insuflando respaldo político a un Poder Judicial básicamente controlado por el menemismo, la libertad de Menem es una bisagra de cómo ha ido cambiando el clima y de qué modo la Corte consagra que las investigaciones por delitos contra bienes del Estado, no cuentan con su aquiescencia, al menos.
Al decir de la disidente Elisa Carrió, el máximo tribunal actúa como paraguas protector del Régimen. Poco importa si hubo o no gestiones furtivas entre hombres del gobierno con los magistrados para lograr la libertad del riojano; hay actos que prueban que sí, pero el tribunal no sólo fue obra de Menem, sino que es funcional a la política de Estado, sean privatizaciones, respaldar reclamos de las grandes empresas o amparar a funcionarios acusados de corrupción. Es una antigua creencia popular que nunca se castiga a los peces gordos y la Corte, desde hace tiempo, tiene su prestigio por el piso y acaba de corroborar esa sospecha ciudadana.
No es curioso que la UCR haya cerrado la boca por el fallo, salvo algunos dirigentes, no sólo por la libertad de Menem sino por la potencial clausura de la investigación del tráfico de armas, la ruta del dinero de las coimas y quienes la cobraron. Se deduce de la sentencia y están en camino movimientos tribunalicios para hundir en el olvido la pesquisa. Hasta puede ocurrir que el juez, fiscal y denunciantes del caso, sea procesados y que Emir Yoma, considerado organizador de la asociación ilícita, pese a los testimonios probados sobre su actuación en el escándalo, acabe pidiendo al Estado una cifra millonaria por los «daños sufridos». «La Corte depuró al Poder Judicial», sentenció Menem.
Va de suyo que si las elecciones de octubre revelaron que un alto porcentaje de los ciudadanos no cree en los dirigentes, lo ocurrido ahonda el escepticismo, que es lo más funcional a los planes de la derecha que busca quitarle poder a los partidos y a la representación popular, en nombre de reducir los gastos de la política y cabalgando sobre la creciente abstención, eliminar el voto obligatorio.
Carlos «Chacho» Alvarez chocó en su momento contra el sistema de prebendas en la cámara alta y al no encontrar respaldo del Presidente en su campaña, renunció, un paso de dignidad que no fue nada provechoso para su partido, el Frepaso, para sus aliados de un sector de la Unión Cívica Radical y un mensaje de impotencia para la sociedad. La claudicación de gran parte del liderazgo político con el sistema de prebendas y corrupción, es un desafío para recrear la política y los partidos u otras formas de participación, porque si no el campo seguirá siendo dominado por los falaces. No hay recetas escritas, un sistema democrático, una sociedad distinta, no se compra en un mercado: o es elaboración colectiva o no ocurrirá. Este es el desafío del progresismo que no tiene propiedad intelectual ni está solamente en sectores de los partidos.
Oficialistas que se creen prácticos, leyeron la libertad del ex presidente como una bocanada de aire porque especulan que tiene con De la Rúa un fuerte punto de conexión: ambos quieren llegar al 2003. Menem, porque ya se ha lanzado al ruedo con poca estructura partidaria y petiza popularidad. Además, más del 75% de los argentinos, leyó su libertad como un acto de impunidad. Y en De la Rúa es comprensible: tener que irse antes de terminar su mandato, un escenario probable, pero no obligatorio, sería un fracaso adicional que arrastraría por mucho tiempo a su partido.
Luce a peregrina, sin embargo, la idea de que es pragmática una combinación radical-menemismo, salvo en aquello que le sirva al riojano para sus planes. La matriz de esa concepción radica en que Menem es en movimiento, un factor de perturbación para peronistas gobernadores o no que creen que están en condiciones de llegar a la Rosada en el 2003, o antes.
Los tres más prominentes, el bonaerense, Carlos Ruckauf, el cordobés, José Manuel de la Sota y el santafesino Carlos Alberto Reutemann, acordaron no acompañar a Menem esta semana cuando reasuma como titular del Partido Justicialista. Algo más: el trío, todos ellos triunfador en su distrito, dentro de las generales de la ley, es decir con alta abstención o de voto protesta, harán, posiblemente en marzo una encuesta con metodología y personas idóneas acordada, para medir quién de ellos tiene el mejor perfil para llegar a la presidencia en el 2003. Dicho de otro modo: será quien se oponga en la interna a Menem. Pero también al senador electo Eduardo Duhalde, cuyas ambiciones se perciben fácilmente.
El ex gobernador bonaerense, con una alta votación en octubre, es poco potable para los gobernadores, salvo para Ruckauf, de quien, por ahora, depende. La provincia de Buenos Aires es su baluarte, pero sea por haber sido derrotado por De la Rúa, o por su escasa capacidad para conseguir aliados, ha perdido impulso. Previó la salida de su enemigo correspondido, Menem, de su lugar de detención provisional, y preparó un Congreso, del que es titular, con quórum propio pero escaso respaldo de los grandes gobernadores peronistas. No pudo sacar a Menem de la titularidad del PJ aunque le limitó su actividad a las burocráticas. «Se quedó como siempre, a mitad de camino», le imputan algunos leales.
El menemismo impugnó judicialmente esa reunión y es posible que logre lo que busca. La mayoría: neutrales. De hecho, Duhalde luce hoy en minoría, al punto que deba formar un minibloque en la cámara alta donde la mayoría, en general de las provincias chicas, han dado señales que no obedecerán a Menem, ni a Duhalde, ni siquiera a los gobernadores. Ha resuelto proponer al senador de Misiones, Ramón Puerta, de todos modos un promenemista, como presidente provisional del Senado, pomposo título del virtual vicepresidente y quien reemplazará a De la Rúa en su ausencia. «Que viaje menos», propuso el misionero como calmante a la irritación que esa designación genera en el oficialismo. Se verá si no es otro procedimiento para obtener ventajas. No es improbable tampoco que el radicalismo y sus aliados, incluido los módicos 9 diputados menemistas, logren frenar la nominación de un hombre de Duhalde, como titular de la Cámara baja.
Estas trifulcas por espacios de poder no deberían ser un drama en otro contexto. Pero el actual es de depresión económica, una deuda que busca ser reestructurada, con una desocupación fenomenal, el dato estadístico que cada día que pasa hay 2.000 nuevos pobres, es decir, que caen en la extrema pobreza, y las perspectivas para muchos de un inevitable del default. No ya el organizado, que es el que negocian De la Rúa-Cavallo con apoyo político, mas no monetario, de los EEUU, sino el tumultuoso. Si los banqueros de Wall Street no terminan por ser «convencidos» de que deben cambiar sus tenencias actuales por un bono al 7% de interés anual y, aunque se niegue, de una quita no hay escapatoria al default.
A De la Rúa le imputan falta de liderazgo, que es lo que se requiere para capear la tormenta. Buscará ampliar su base de sustentación con un acuerdo programático entre partidos, empresarios y sectores sindicales. Desde el 9 de julio el Presidente lo anuncia reiteradamente: «es por impericia el que no lo haya obtenido», le critican. ¿Crisis económica o crisis política? En rigor, ambas donde una alimenta a la otra, sucesivamente.
El dominio peronista de las dos cámaras no conforma cohabitación; es una especie de colaboración-enfrentamiento se
gún van las cosas, un híbrido que fragmenta aún más el poder y la sociedad, espacio para que llegue el infierno tan temido: que en el caos que estallaría con el default loco se busque al «Salvador».
Es lo que cree como opción, Menem, quien sin un mínimo de pudor, se proclama el Mesías criollo. Omite que la sociedad, al menos hasta ahora, no olvida el país que dejó como herencia. Pero, quien sabe qué pasa en el tumulto. Incluso que puede deglutirse al propio Menem.
No le será fácil a De la Rúa lograr consenso para el déficit cero, si piensa que a ese objetivo, condición sine qua non para que el FMI no lo hostigue, solo se arriba bajando más salarios, con ajustes bárbaros.
Una iniciativa de diputados de la Alianza para imponer un impuesto a las grandes fortunas, naufragó ante el primer grito de los afectados.
Con más de lo mismo, sólo la noche puede caer sobre Argentina. *
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