Ofensiva de la Alianza del Norte

Talibanes se rinden en Kunduz

La caída de ese bastión, el último reducto en manos talibanes en el norte del país, sería una victoria importante para la Alianza, que debe afrontar la resistencia de los fundamentalistas islámicos en Kandahar (sudeste), e incluso a las puertas de Kabul.

Bombardeados por los B-52 de Estados Unidos, sometidos a la artillería y los cohetes de los mujaidines, los milicianos islamitas de Kunduz no tienen más opción que la rendición o la muerte.

Tras varios días de negociaciones con los comandantes de la Alianza, un centenar de talibanes decidieron finalmente rendirse, e incluso algunos se declararon dispuestos a combatir del lado de los mujaidines.

«Me han dicho que no seré perseguido por la justicia si combato con la Alianza», declaró a la AFP un comandante talibán, Najibulá. «Varios talibanes afganos han escogido rendirse, e incluso están listos para luchar en las filas de la Alianza. Respecto a los milicianos extranjeros, las negociaciones continúan», agregó.

Tras expirar el últimátum de 24 horas que lanzaron el miércoles, las fuerzas de la Alianza del Norte, apoyadas por bombarderos B-52 norteamericanos, lanzaron una ofensiva el jueves aúltima hora de la tarde contra las posiciones talibanes en Janabad, localidad situada 20 km al este de Kunduz. «Primero atacamos Janabad, y luego marcharemos sobre Kunduz», declaró a la AFP el comandante Abdul Jamil.

Hacia las 19H00 hora local, los combates quedaron prácticamente interrumpidos a causa de la oscuridad de la noche, y sólo un bombardero sobrevolaba el frente.

«Reiniciaremos las hostilidades desde el alba», agregó el comandante Jamil. Ocho tanques T-55 tomaron posiciones cerca de la línea de frente, a la espera de la orden de atacar.

Según el general Mohamad Daud, responsable de la Alianza en ese frente, «una mayoría de talibanes afganos aceptó rendirse, pero ningún miliciano extranjero ha entregado las armas. Las negociaciones continúan».

«No obstante, estamos dispuestos a entrar en la ciudad y los que resistan morirán», señaló. La suerte de los 2.000 milicianos islamitas extranjeros –paquistaníes, árabes y chechenos– es una de las cuestiones más espinosas de esas negociaciones de Kunduz. Estados Unidos no quiere que esos combatientes, de quienes sospechan que tienen lazos con la organización Al Qaeda de Osama bin Laden, puedan escapar y reaparecer en otra parte.

El gobierno británico estimó asimismo el jueves que los talibanes afganos y extranjeros de Kunduz debían ser tomados prisioneros. «Esperamos que se pueda evitar un baño de sangre», declaró el portavoz del Primer ministro, Tony Blair. «Al mismo tiempo, está claro que esa gente no puede irse, y reaparecer bajo otra apariencia en otro lugar», agregó.

Los «mercenarios», en particular los paquistaníes de etnia pastún, temen ser ejecutados por los mujaidines de la Alianza del Norte, cuyos integrantes son de las etnias tayika, uzbeka y hazara, rivales tradicionales de la etnia mayoritaria pastún, a la que pertenecen la mayoría de los talibanes.

La ONU, a la que le ofrecieron hacer de intermediaria, rechazó la propuesta por falta de medios y de personal en el lugar.

El general Daud, sin embargo, mencionó la posibilidad de abrir a los «mercenarios» un «pasillo hacia Kandahar», a cambio de la rendición.

El presidente paquistaní, Pervez Musharraf, llamó a Naciones Unidas y al Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) a «hacer todo» para evitar «actos de represalia en Kunduz».

En Pakistán hay una importante comunidad pastún, que vive en la zona fronteriza con Afganistán, y fundamentalistas islámicos paquistaníes advirtieron que habría «una fuerte reacción» en caso de masacre de los voluntarios paquistaníes.

En Mazar-i-Sharif, la «capital» del norte de Afganistán, corrieron rumores de que hubo masacres tras la toma de la ciudad por las tropas de la Alianza del Norte.

El jueves un responsable de la Cruz Roja, Olivier Durr, anunció en Islamabad que entre 400 y 600 cadáveres habían sido descubiertos en Mazar-i-Sharif tras la huida de los talibanes.

«EL CICR ha reunido un gran número de cadáveres en la ciudad (…), pero no podemos decir si esas personas fueron ejecutadas, o murieron durante los combates», declaró.

Los combatientes de la Alianza, que conquistaron una tras otra las provincias del norte y del centro del país, antes de tomar Kabul el pasado 13 de noviembre, no tienen sin embargo el control absoluto del territorio en el interior de esas regiones.

Los talibanes controlan con mano firme las colinas de Maidan Shar, a sólo 20 km de la capital, donde el jueves hubo cinco horas de violentos combates entre los mujaidines y unos 600 talibanes, 300 de ellos voluntarios árabes y paquistaníes.

Comandantes de la Alianza informaron a la AFP de que sus fuerzas debieron replegarse ante la superioridad de los talibanes.

En Kandahar, centro religioso y político de los talibanes, las negociaciones para un traspaso pacífico del poder continuaban, según el líder pastún Hamid Karzai, ex viceministro afgano de Relaciones Exteriores y cercano al ex rey Zahir Sha, exiliado en Roma desde 1973.

La Alianza del Norte asegura que en la provincia de Kandahar, fronteriza con Pakistán, se esconde el extremista islámico Osama bin Laden, acusado por Washington de ser el instigador de los atentados del pasado 11 de setiembre.

Londres admitió por primera vez que fuerzas especiales británicas participan, junto a soldados de élite norteamericanos, en la persecución de Bin Laden en el sudeste de Afganistán.

La Alianza afirma que el hombre más buscado del planeta tiene escondites en el lado paquistaní de la frontera, país en el que entra sin problemas. El gobierno paquistaní desmintió categóricamente esas declaraciones. Tras haber apoyado durante años al régimen talibán, Pakistán se vio forzado a cambiar de política ante la presión de Estados Unidos tras los atentados del 11 de setiembre.

El jueves, su gobierno dio el paso definitivo al cerrar la embajada de los talibanes en Islamabad, última representación diplomática de esa milicia fundamentalista musulmana en el mundo. *

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