Marchas y contramarchas por Palestina
Bastó que el canciller israelí Shimon Peres dijera el jueves 15 en la Asamblea General de la ONU que en su país existe apoyo al establecimiento de un Estado palestino para que el ministro Danny Naveh, miembro del Likud del primer ministro Ariel Sharon, lo condenara públicamente, y que el consejo de asentamientos de colonos judíos en Gaza y Cisjordania (o sea, territorios palestinos) promoviera su destitución.
Un Estado palestino
No una sino varias veces Sharon desautorizó al ministro de Relaciones Exteriores y le impidió realizar entrevistas ya fijadas con Yasser Arafat. Ahora se reclama su expulsión del Gabinete. ¿Qué pecado cometió?
Decir lo siguiente: «Ayer (en el pasado) difícilmente uno podía hallar apoyo al establecimiento de un Estado palestino. Y aunque ésta no es una política formal del gobierno de Israel, hay apoyo a la independencia palestina, apoyo para un Estado».
No es ésta una opinión aislada abriendo el sábado 10 el período de sesiones de la Asamblea General, el presidente brasileño FH Cardoso aseguró que «la creación de un Estado palestino democrático, cohesionado y económicamente viable» es «una deuda moral, una obligación ineludible» de la ONU, y que «el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino y el derecho a la existencia de Israel como Estado soberano, libre y seguro, son esenciales para que Medio Oriente pueda reconstruir su futuro de paz».
Al día siguiente, Arafat instó a la comunidad internacional desde la misma tribuna a posibilitar que los palestinos vivan «en un Estado independiente, con Jerusalén como capital», previo el retiro total de las tropas israelíes; y solicitó asimismo el envío de observadores internacionales (propuesta vetada por EEUU en el Consejo de Seguridad) para proteger a los palestinos «frente a la ocupación, el terror y la limpieza étnica practicados por Israel». Los cables agregaban que países árabes y musulmanes, en el seno de la ONU, acusaban a Israel de practicar el «terrorismo de Estado».
A esa altura, el número de muertos desde el 28 de diciembre de 2000 se acercaba al millar. Sumaban 966: 756 palestinos, 22 árabes israelíes y 188 israelíes. La escalada desatada por Sharon a partir del 18 de octubre (tras el asesinato del ministro Rehavam Zeevi) se tradujo en la matanza de 60 palestinos; la irrupción violenta en la mayoría de los centros poblados, de los territorios con tanques, blindados y helicópteros, la destrucción de sedes oficiales y viviendas, la captura de no menos de 85 palestinos y la justicia por mano propia (se denunciaron ejecuciones extrajudiciales), llegándose a la monstruosidad de despojar de su inmunidad parlamentaria al diputado árabe Azmi Bichara por criticar la política del gobierno, y de reprimir al movimiento de convivencia árabe-judío. En las semanas siguientes los tanques empezaron a retirarse de algunas localidades, no todas, pero manteniendo el control e impidiendo la libre circulación.
Al cumplirse 13 años de la declaración simbólica de la independencia palestina –que coincidía con el discurso de Peres– Arafat reiteró su compromiso de búsqueda de la paz con Israel, y que el Estado hebreo «debe retirarse de la totalidad de Cisjordania, la Franja de Gaza y el este de Jerusalén».
La sangre gota a gota
Pero acontece todo lo contrario. Ese mismo día tropas israelíes allanaron un campamento de refugiados en la Franja de Gaza y una aldea cisjordana, dando muerte a un palestino e hiriendo a 14, mientras las topadoras reducían a polvo un conjunto de viviendas. Vimos la filmación, esa parte del poblado era tierra arrasada, como si la guerra hubiera pasado por allí. En el primer viernes de Ramadán, murieron dos palestinos, uno por disparos de la policía israelí cerca de Tel Aviv y el otro a manos del ejército cerca de Gaza. La información apenas merece dos líneas en un rincón perdido. En estas festividades las familias palestinas no han podido visitarse como era tradicional, porque lo impide el bloqueo del ejército israelí. Poco antes el ministro de Defensa Binyamin Ben Eliezer ordenó preparar la retirada de las fuerzas de Ramalá «manteniendo el cierre de la ciudad», pero advirtió que con posterioridad «el ejército israelí se reserva el derecho a actuar libremente y efectuar todas las operaciones necesarias, en el marco de la guerra contra el terrorismo».
El Plan Transfer
Esta política contumaz no cambiará con el discurso de Shimon Peres. Ni con las palabras de circunstancias de Bush, que pide tibiamente a Israel no mantenerse en los territorios e incluso polemiza (pour la galerie) con Sharon, mientras le entrega 3.000 millones de dólares anuales y lo arma hasta los dientes, al punto de que Israel impone su voluntad valido exclusivamente de una superioridad militar aplastante, y no de razones y menos de respeto a la ley internacional.
Sectores ultras de Israel, representados en el Gabinete, impulsan el Plan Transfer, por el cual todos los palestinos deberían emigrar a los 22 países árabes, mientras los israelíes quedarían como únicos dueños del territorio. ¿Qué diferencia existe entre este plan de limpieza étnica y lo que se está aplicando sobre el terreno? *
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