Alianza del Norte no tiene compasión con los prisioneros
En la cárcel de Taloqan, capital de la provincia de Tajar (noreste), están detenidos unos 40 talibanes. Sólo tres de ellos son extranjeros, es decir un paquistaní, un saudita y un uzbeko, que según los guardias se «ha vuelto loco».
Esta diferencia numérica entre la cantidad de prisioneros afganos y extranjeros hace pensar entonces en lo que afirma la Alianza del Norte, acerca de que más de 10.000 de los 30.000 milicianos islámicos atrincherados en Kunduz, último bastión talibán a menos de 40 km de Taloqan, son de origen checheno, árabe, uzbeko y paquistaní.
«¿Quiere saber qué hacemos con los prisioneros extranjeros?», pregunta el jefe del departamento criminal de la comisaría, Ewaz Mahmad, haciendo simultáneamente el gesto de degollarlos.
«Son terroristas, criminales, que mataron a miles de personas en Nueva York y asfixiaron al pueblo afgano. ¿Se puede hacer otra cosa con ellos?», añade.
Al término de los combates de la semana pasada en cercanías de la frontera con Tadjikistán, un comandante de la Alianza del Norte había declarado que había hecho fusilar a cinco prisioneros talibanes, en su mayoría de origen extranjero.
Ese método también lo practican los talibanes, que esta semana ejecutaron a ocho soldados de la Alianza que habían hecho prisioneros en el frente de Kunduz, según un comandante de la Alianza.
Un camión donde se amontonan unos 20 prisioneros talibanes acaba de llegar a la comisaría de Taloqan. Todos son afganos que se rindieron a las fuerzas de la Alianza en la línea de frente de Kunduz.
Son jóvenes imberbes y ancianos con barbas canosas. Se sientan en silencio contra una pared, con cara de susto ante los soldados que los miran con desprecio.
«Hemos escuchado hablar de una amnistía ofrecida a los talibanes que se entregaran», dice Mudir, oriundo de Kunduz que afirma que «los talibanes (lo) obligaron a luchar».
«Todos dicen eso», afirma Mohammad, un soldado. «Estarán en la cárcel hasta que haya vuelto la calma. Después, quienes no cometieron crímenes graves, podrán ser liberados», dice. Con las manos en la espalda, los detenidos son llevados de la comisaría a la cárcel, a unos 30 metros. Caminan por la calle en silencio, uno detrás otro, con los ojos fijos en sus pies, seguidos por grupos de niños que los humillan verbalmente.
Los transeúntes miran sin decir nada, excepto un hombre que reconoce entre los detenidos a uno. Se acerca para hablarle, pero uno de los guardias le ordena apartarse y lo golpea en la cara con su garrote. La escena se repite hasta que el hombre, caído en un pozo, le suplica a su verdugo que ya no lo golpee.
En la cárcel, un edificio blanco vetusto y deteriorado, Mahsumali, un paquistaní de 22 años, cuenta cómo se sumó a las milicias islámicas poco después de que Estados Unidos comenzara a bombardear Afganistán el 7 de octubre.
El creía que iba a luchar contra los norteamericanos, pero se «encontró en una guerra contra otros musulmanes», comenta.
«De todo corazón quiero que me liberen», dice, pero casi no cree en sus propias palabras. Su compañero de celda, Salehjan, un saudita de 31 años, se declara más realista y dice que «reza para que los talibanes vengan a liberarlo».
«Nuestro comandante decidirá su suerte», concluye un guardia. *
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