Una victoria de la poderosa ex KGB
Moscú, ANSA
La victoria de Vladimir Putin en las elecciones presidenciales del domingo en Rusia será también la victoria de la ex KGB, el servicio secreto soviético que hace nueve años sufrió el peor revés de su historia.
La noche del 21 agosto de 1991 en Moscú, al terminar una intentona golpista, millares de partidarios de Boris Yeltsin derribaron la estatua de Feliks Dzherzhinski, el legendario fundador de la Cheka, de la que luego surgió la KGB.
Entonces parecía que Rusia, que por primera vez en su historia milenaria tenía democracia, aceptaba el juicio de los historiadores occidentales, que consideraban a los servicios como guardias de un régimen totalitario y perseguidores de disidentes.
Nueve años después, Rusia asiste a la resurrección de la KGB, ya que el candidato a presidente y gran favorito, Vladimir Putin, ex agente en Alemania, se prepara a instalarse en el Kremlin con el apoyo de un voto popular.
Putin rechaza la opinión de los occidentales y llega a afirmar que en la KGB había muchos héroes que ayudaron a transformar la atrasada Rusia zarista en una gran potencia del mundo contemporáneo.
Tras leer a los 16 años la novela «El escudo y la espada», que cuenta las hazañas de un oficial del NKVD infiltrado en la Alemania nazi, Putin corrió a pedir ser enrolado en la KGB, según dice él mismo en su biografía.
Uno de los héroes de Putín es Yosif Grigulevic, el espía soviético que, bajo el nombre de Teodoro Castro, estuvo acreditado durante muchos años en Roma como representante de Costa Rica ante la Santa Sede y que cuando se jubiló escribió decenas de ensayos históricos.
Pero no todos son héroes, pues los servicios secretos soviéticos deben responder también por millones de inocentes que acabaron en los gulags estalinistas. El futuro presidente ruso atribuye la responsabilidad política de la represión al Partido, que ordenaba las medidas odiosas que eran luego aplicadas por los hombres de la KGB.
Otro punto de referencia para Putin es el líder soviético Yuri Andropov, el hombre que envió los tanques soviéticos a Budapest en 1956 y a Praga en 1968. Putin considera a Andropov, que fue jefe de los servicios secretos antes de llegar al Kremlin, un reformista que allanó el camino a Mijail Gorbachov.
Pese al temor al autoritarismo que para mucho produce el regreso al poder de los hombres de la KGB, los partidarios de Putin recuerdan que éste es políticamente hijo de las reformas de Boris Yeltsin. que estuvo mucho tiempo en el exterior y que no puede permitirse el lujo de cerrar las puertas a Occidente si desea la vuelta de Rusia entre los Grandes.
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