Los habitantes de la capital afgana se afeitan tras el fin del régimen talibán

Kabul comienza a saborear la libertad

Kabul vivió una jornada de euforia cuando los soldados de la Alianza del Norte hicieron su entrada durante la mañana, alentados por gritos de bienvenida de miles de curiosos amontonados a lo largo de la carretera.

Su ingreso en la capital fue también la ocasión de reencuentros para muchas familias destrozadas por el conflicto. «Kabul, Kabul», gritaba Mustari, chofer de taxi, al regresar a su ciudad poco antes de dirigirse hacia la casa donde vive su padre.

«Estoy tan contento, tan feliz, es un gran día», exclamaba Amín, un desempleado de 22 años que agitaba un aparato para escuchar casetes, cuya utilización estuvo hasta ahora prohibida por los talibanes, estudiantes de teología. «Antes me hubieran encarcelado si me encontraban con esto», afirma. Otro joven de 23 años, un farmacéutico llamado Mohammad Nahim vivió la experiencia de la cárcel talibán la semana pasada, porque su barba no era lo suficientemente larga como la milicia islámica exigía. «Me encerraron durante tres días», explica.

Del régimen de los talibanes sólo quedan huellas irrisorias, como un turbante blanco enganchando en una lámpara de la calle. El turbante y la barba eran las señales distintivas de los estudiantes de teología, en el poder en Kabul desde 1996.

En un parque del centro de la ciudad, seis talibanes todavía están en el suelo. Sus cuerpos están repletos de heridas. No pudieron escapar como la gran mayoría de sus correligionarios.

La multitud pasa frente a los cadáveres con curiosidad o con odio, como aquellos que escupen sobre los cuerpos sin vida o les arrojan una colilla de cigarrillo. Hay incluso quien dará una patada a la cabeza de unos de ellos, un jovencito que ni siquiera llegaba a los 15 años.

Según testigos, los seis hombres fueron atrapados este martes durante un enfrentamiento con soldados de la oposición.

Un equipo del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) recupera los cadáveres. «Habría unos 20 en la capital», declaró Alberto Cairo, miembro del CICR.

De pronto, la multitud señala al cielo con el dedo, que en ese momento sobrevuelan dos F-18 norteamericanos.

«Yo también tuve miedo de los bombardeos, pero estoy feliz de que los norteamericanos hayan hecho la guerra para liberarnos de los terroristas», declara un empleado de un ministerio, Saíd Ajmad Sha, cargando a su hijo sobre sus hombros.

Saíd se acuerda perfectamente de la explosión que una noche despertó a todo el barrio. «Los norteamericanos fueron muy precisos, dieron en un puesto de comandancia de los talibanes, sin alcanzar otra cosa».

Kabul se prepara para vivir su primera noche sin bombardeos, pues las fuerzas de la Alianza del Norte tomaron la ciudad. En todas las esquinas hay soldados. También están desplegados en los principales edificios públicos, en los cuales ya se instalaron responsables de la Alianza del Norte.

El hecho de que los soldados de la oposición vistan uniforme tranquiliza a la población, que en numerosas ocasiones fue víctima de abusos de bandas de muyaidines entre 1992 y 1996, antes de que los talibanes se apoderaran de la capital. «La gente está orgullosa de los soldados (que) parecen serios», asegura Mohamad Nahim. Los policías también visten uniformes grises flamantes. En cuanto llegaron detuvieron a gente que había empezado a saquear viviendas vacías.

Uno de ellos, fue detenido en el barrio de Wasir Akbar Jan, con una pequeña colección de tapices que robó en una casa, donde hasta el lunes vivían talibanes. *

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