Expertos dicen que apoyar la Alianza del Norte es una estrategia peligrosa

Representantes de la Alianza del Norte procuran obtener en Washington un incremento del apoyo militar, pero varios expertos advierten acerca de los riesgos de poner demasiadas armas en manos de ese conglomerado de jefes de guerra que combaten al régimen talibán afgano pero mantienen fuertes rivalidades entre sí.

En teoría, dada la capacidad de los afganos para hacer empantanar a los ejércitos extranjeros, el concepto de guerra por intermediación es seductor para el Pentágono.

Sin embargo, a pesar de un mes de intensos bombardeos contra las posiciones de los talibán, la administración del presidente George W. Bush responde con lentitud a las solicitudes de armas, artillería y equipos, formuladas por los líderes de la Alianza.

Las cautelosas declaraciones de los responsables estadounidenses son una indicación de su falta de confianza en la Alianza, también llamado Frente Unido, dividido sin embargo por luchas intestinas y tensiones étnicas.

«No hay Frente Unido (…) es un mito», dijo abruptamente una fuente interiorizada de la situación actual de la Alianza. Más diplomático, el comandante estadounidense de operaciones en Afganistán, general Tommy Franks, señala que «estamos interesados en dar apoyo y asistencia a los grupos de la oposición –en el norte y en el sur– que compartan nuestros objetivos y nuestros intereses y con los cuales encontremos una relación mutuamente beneficiosa».

El Pentágono envió cantidades limitadas de armas por vía aérea, según algunas fuentes, que precisaron asimismo que armas rusas habrían sido compradas con fondos de Washington, pero los líderes de la Alianza quieren más.

«El nivel de la ayuda militar todavía no es satisfactorio», afirmó Haron Amin, un representante de la Alianza en Washington la semana pasada. «No es suficiente (…) para emprender acciones eficaces en la región», indicó. Por otra parte, la frágil unidad de la Alianza también fue afectada por el asesinato del comandante Ahmed Shah Massud dos días antes de los atentados del 11 de setiembre, por lo que si Washington decide comprometerse a largo plazo con el Frente, deberá escoger qué armas entrega y a quién.

Considerando la profunda rivalidad interna de la Alianza, la entrega de armas podría alimentar esas luchas intestinas.

«Estados Unidos no quiere sobrearmar a la Alianza del Norte», explica Zia Mian, profesor en la universidad de Princeton. «No quiere crear una situación donde esa gente se vea tan reforzada militarmente que no pueda ser ya» controlada.

Además los proyectos de un gobierno postalibán todavía están en sus comienzos. No se sabe si fracciones de la Alianza participarán en un nuevo gobierno y no es lógico en consecuencia hacer de ella la fuerza dominante, según los expertos.

En efecto, la Alianza está dirigida por jefes de las etnias minoritarias tadjik, uzbek y hazara, mientras que las tribus pashtún constituyen el grupo étnico más importante en Afganistán.

La Alianza del Norte «no es candidata a la sucesión de los talibán, gobernando todo Afganistán. Debe formar parte del régimen que los suceda, pero no puede dominar» el gobierno, según Barnett Rubin, experto en Afganistán de la universidad de Nueva York.

Washington también es consciente de que Pakistán, aliado vital de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo, se opone firmemente al retorno al poder de la Alianza del Norte.

Numerosos expertos estiman que solamente un debilitamiento de los talibán en Kabul y una mayor participación de otros grupos pashtún en la capital podrían abrir el camino a la paz. *

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