Análisis internacional

A un año de la masacre de Kosovo

por Niko Schvarz

La «intervención humanitaria» demostró ser una farsa sangrienta.

Esta agresión de signo multilateral, en la cual las tropas de la OTAN fueron llevadas de la nariz por el mando supremo norteamericano, en nada difieren de las múltiples intervenciones armadas perpetradas por el Pentágono en América Latina y otras regiones del mundo. Los resultados están hoy a la vista, inscritos con trazos de sangre y de fuego en la población de la calcinada provincia serbia.

Las declaraciones de George Robertson

A un año del inicio de la guerra contra Yugoslavia, el nuevo secretario general de la OTAN, George Robertson, ha creído del caso practicar una suerte de «examen de conciencia». Pero no se espere del mismo la mínima autocrítica. Todo lo contrario. Alardea de que el operativo «tuvo éxito», y no dice una palabra sobre las masacres de la población civil ni sobre los «errores» que llevaron a la destrucción de hospitales, puentes, edificios, la embajada china, ferrocarriles en marcha, etc. Como no puede ocultar la terrible situación actual, plagada de asesinatos, vendettas, incendios y choques todos los días (a vista y paciencia de los efectivos de la OTAN y del KFOR onusiano), le echa la culpa a los serbios porque se negaron a negociar en Rambouillet, y termina con una vaga invocación a los dirigentes albaneses a que «declaren su disponibilidad a vivir en un Kosovo multiétnico».

Vayamos por partes. En Rambouillet, se quiso imponer al gobierno de Yugoslavia (Serbia más Montenegro) una rendición incondicional respecto a Kosovo, que es una provincia serbia, parte inalienable de la misma. Yugoslavia se negó a aceptarlo, por ende no existe ningún acuerdo de Rambouillet. De inmediato las tropas de EEUU y de la OTAN desencadenaron la ofensiva aérea, guerra no declarada que significa una descarada violación de la ley internacional, igual que en el Golfo Pérsico en 1991.

En cuanto al llamado a los dirigentes de la UCK, es una prueba insuperable de cinismo. Las huestes de Thaçi están dedicadas en cuerpo y alma a capturar todo el poder en la provincia, y así lo han declarado sin ambages. Cuentan con el visto bueno, la vista gorda o la pasividad de las tropas de ocupación y de las llamadas fuerzas de paz.

La remodelación del mapa

En resumidas cuentas, lo que se está procurando es remodelar el mapa de esta región delos Balkanes. Tal sería la resultancia procurada por la agresión: despojar a Serbia de su provincia de Kosovo.

Anoto al pasar, como elemento anecdótico y no inocente, que los informativos de los canales internacionales suelen mencionar «la frontera entre Serbia y Kosovo». Es un contrasentido, como si se hablara de la frontera entre Uruguay y Tacuarembó.

En agosto pasado Veton Suroi, propietario del diario «Kohe Ditore» de Pristina, denunciaba las exacciones cometidas contra serbios y roms en la provincia «No puedo disimular mi vergüenza –escribía– al comprobar que nosotros, los albaneses de Kosovo, somos también capaces de acometer actos tan monstruosos. Se trata de la intimidación organizada y sistemáticca contra todos los serbios. Tales actitudes son fascistas».

En el informe de Jiri Dienstbier, eviado especial de Kofi Annaan, elevado a la Asamblea General el 24 de octubre de 1999, se mencionaba «las violaciones de derechos humanos cometidas en Kosovo con una impunidad casi total», y se concluía que de mantenerse ese ritmo, «no quedarían serbios en Kosovo al sur del río Ibar». Una estadística dek KFOR revela de 30 a 40 asesinatos semanales en la provincia, y un total de 280 entre el 15 de junio y el 14 de agosto. Un informe complementario de Dienstbier señala «la depuración étnica e los serbios, gitanos, bosnios y otras etnias no albanesas.

‘Muerte a los serbios’ es la inscripción encontrada con mayor frecuencia en los muros».

Y en una polémica con el escritor albanés Ismail Kadaré extrae la verdadera conclusión. «Los criminales y los mafiosos –sostiene– cruzan libremente la frontera abierta. La misión internacional no es capaz de impedírselo. La principal razón de las expulsiones, los asesinatos, el pillaje, la destrucción de las casas y otros actos de violencia es la actividad organizada de quienes, armas en mano, acaparan los bienes de los expulsados y tratan de apoderarse del poder». Organizaciones internacionales y de derechos humanos (OSCE y HCR) informaban en noviembre pasado que «la dirección albano-kosovar impulsa la formación de un Estado mono-étnico».

Crímenes de guerra

Desde luego, a lo largo de este año no han podido ser desmentidos los crímenes de guerra cometidos por los agresores. Sobre estos aspectos Robertson mantiene un púdico silencio, aunque las evidencias se siguieron acumulando.

Precisamente la Human Rights Watch (HCR) destacaba en un informe del 7 de febrero de este año los bombardeos intencionales de objetivos no militares por parte de las fuerzas de la OTAN, en particular el uso de bombas de fragmentación en zonas habitadas, comprobadas en 90 casos con 488 a 527 víctimas civiles. A lo que se suma la destrucción de las líneas eléctricas que alimentaban un hospital de Belgrado.

Particularmente grave fue el ataque misilístico, el 23 de abril de 1999, a la sede central del Partido Socialista, situada en un barrio residencial de Belgrado. En este caso, las posibles víctimas civiles fueron evaluadas con anterioridad en un informe interno circulado entre los jefes de la OTAN, que hoy se conoce. Allí se preveía «pérdidas colaterales cuantiosas», víctimas entre los empleados del partido, entre los trabajadores de radio y TV del mismo edificio y no menos de 250 habitantes de los apartamentos circundantes. Pero eso no los arredró. Jamie Shea, el vocero de la OTAN, dijo que la lógica militar «apuntaba a todos los aspectos de la estructura del poder en Yugoslavia»…

Ya se sabe que la mayor parte de los crímenes contra la población civil fueron atribuidos a «errores». Pero ahora se reveló cómo la OTAN manipulaba a los medios.

Técnica de la desinformación

Un general de la misma, en declaraciones a Le Nouvel Observateur, revelaba: «En materia de errores, contábamos con una táctica bastante eficaz. Casi siempre conocíamos las causas y las consecuencias exactas de estos errores, pero para anestesiar a la opinión, decíamos que llevábamos a cabo una encuesta, y que las hipótesis eran múltiples. Revelábamos la verdad 15 días después, cuando ya no le interesaba a nadie. La opinión se trabaja, como el resto».

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