El "general invierno" comienza a ganar la batalla contra las tropas aliadas
JOSE LUIS MARTINEZ
Con el anuncio esta semana del envío de tropas especiales sobre el terreno, Washington y Londres confirmaron que la guerra será larga y que se extenderá al Ramadán –el mes de ayuno de los musulmanes, que este año comienza el 17 de noviembre.
El Pentágono debió reconocer este viernes que los refuerzos anunciados no pudieron enviarse tan rápido como estaba previsto a causa de las heladas lluvias, después de que un helicóptero de las fuerzas especiales estadounidenses se estrelló en Afganistán a causa del mal tiempo provocando cuatro heridos entre sus tripulantes.
Los talibán pusieron el dedo en la llaga cuando el sábado afirmaron que varias decenas de soldados estadounidenses habían muerto como consecuencia del derribo de dos helicópteros en el este de Afganistán. El embajador del régimen de Kabul en Islamabad estimó que el número de aviones y helicópteros estadounidenses derribados en Afganistán durante estos últimos días ascendía a siete.
Los responsables norteamericanos desmienten sistemáticamente estas afirmaciones y las califican de «calumnias».
Pero el reconocimiento de estos primeros reveses alimentan las dudas sobre las certezas del contralmirante John Stufflebeem, subdirector de operaciones del Estado Mayor Conjunto estadounidense, quien el viernes afirmó: «Estamos seguros de poder mantener nuestra fuerza».
Anthony Cordesman, quien realizó un estudio sobre ese tema para el Instituto de Estudios Estratégicos Internacionales (IISS), describe un escenario más matizado: «Nadie le gana al clima en una guerra, y el ritmo de las operaciones bajará».
«Lo que tradicionalmente obstaculizó las operaciones en esta estación es la dificultad para transportar combustible y municiones», destaca por su lado Andrew Krepinevich, director del Centro para Asuntos Estratégicos y Presupuestales de Washington.
Pero, este experto en temas de defensa, «estadounidenses y británicos podrían ciertamente, si así lo quisieran, reavituallar por aire a las fuerzas de la Alianza del Norte –oposición armada a los talibán–, complicando las cosas al gobierno de Kabul.
Un punto tanto más importante cuanto que la opositora Alianza del Norte hizo saber claramente que consideraba insuficiente el apoyo estadounidense y que no tenía previsto pasar a la ofensiva sin una preparación aérea previa y sin un mayor aprovisionamiento de armas.
Su primer ataque de envergadura, llevado a cabo el sábado cerca de la estratégica ciudad de Mazar-i-Sharif, en el norte, siguió a varios días de intensos ataques a las posiciones talibán en las líneas de frente, realizados por los pesados bombarderos B-52.
Es precisamente para guiar esos ataques aéreos masivos que el Pentágono quiere aumentar el número de las fuerzas especiales sobre el terreno.
Pero los bombardeos masivos, que recuerdan las tácticas empleadas sobre todo durante la guerra de Vietnam, hacen temer a algunos analistas el riesgo de un empatanamiento de la campaña.
Los responsables militares y políticos deben desmentir diariamente ante los periodistas la necesidad de obtener una victoria «simbólica» antes del invierno.
El propio presidente Bush debió subir nuevamente al escenario para disipar esta impresión. Este viernes reafirmó que la campaña sería larga y que «no se trata de una guerra con gratificaciones instantáneas».
La lentitud del proceso para desestabilizar políticamente a los talibán, en el poder en Afganistán, también obligó a Estados Unidos a optar por una elección militar arriesgada, opinaron expertos y diplomáticos.
Recientemente se intensificaron los bombardeos estadounidenses contra las posiciones de la milicia fundamentalista en el norte del país, una forma de ayudar a la Alianza del Norte, una coalición de etnias minoritarias que se opone a los talibán.
Esta intensificación de la actividad militar se produce mientras la ONU, varios países europeos y otros de la zona del conflicto siguen convencidos de que la estabilidad futura de Afganistán depende de un acuerdo político lo más amplio posible entre las diferentes tendencias y etnias del país.
El enviado especial del secretario general de la ONU, Kofi Annan, el diplomático argelino Lajdar Brahimi, prosiguió el sábado en Teherán su gira para movilizar a los países vecinos de Afganistán en favor de una solución consensuada.
Los esfuerzos diplomáticos de ese tipo son el lado visible de la estrategia de desestabilización interna de los talibán que realizan los servicios secretos occidentales, al tratar de poner en contra de esas milicias fundamentalistas a grupos y tribus, en especial pashtunes, la etnia mayoritaria en Afganistán.
Esta estrategia sufrió dos duros reveses con la captura y ejecución el pasado 26 de octubre de Abdul Haq, un héroe de la guerra contra la Unión Soviética, que Estados Unidos había enrolado para comprar el apoyo de tribus del este de Afganistán. El otro revés fue el reciente ahorcamiento de varios hombres de un emisario del ex rey Zaher Sha, Hamid Karzai, que realizaba una operación de desestabilización del régimen de Kabul en la zona del sudeste.
Ante estas dificultades, «los norteamericanos han decidido apostar por la Alianza del Norte», indicó el sábado un diplomático europeo en funciones en París que prefirió conservar el anonimato.
La Alianza, que dice contar con unos 15.000 combatientes, tan solo controla una zona del noreste de Afganistán. Estados Unidos admitió ayudar a la Alianza enviándole «consejeros» –en general, el paso previo a la implicación norteamericana en un conflicto–, aunque es fundamentalmente Rusia quien le está entregando material militar, sobre todo tanques.*
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