El rostro ciego de la guerra en el hospital de Kandahar
SHAHZADA KHAN KANDAHAR, AGANISTAN, AFP
Cada día fallece un promedio de tres heridos, según el médico jefe del hospital, Anwar Bajtur Rehman.
«Carecemos de medicamentos. Tampoco hay muchos médicos porque se fueron cuando comenzaron los bombardeos. Huyeron», dice el doctor a un grupo de periodistas extranjeros que visita el hospital, escoltados por talibán.
«Los heridos que pueden irse a Quetta (Pakistán) no pierden su tiempo aquí, se van inmediatamente», añade el médico.
Quienes se quedan son los que se encuentran graves y aquellos que no tienen adónde ir porque su casa y su familia fueron arrasadas por la guerra.
Saad Mohammad, de 24 años, campesino en la provincia de Uruzgan, quedó gravemente quemado y ciego desde hace 18 días, cuando cayeron varias bombas o misiles sobre su pueblo, matando a sus dos niños.
«Por favor, devuélvanme la vista», dice sollozando.
«Somos pobres y no podemos llevarlo a un hospital mejor en Pakistán», explica su hermano, que permanece al lado de su cama.
Otro herido, Hizbulá, de 21 años, cuenta que se encontraba el pasado jueves muy cerca de la central hidroeléctrica de Kajaki, en la provincia de Helmand (sur), cuando los aviones de Estados Unidos comenzaron a bombardear.
«Estaba en un automóvil que se incendió cuando la bomba cayó muy cerca. Otras cinco o seis personas murieron», cuenta.
El doctor Rehman explica que sólo hay seis médicos para 65 heridos graves.
«Carecemos de todo. Cuando debemos operar hay que conectar el generador. Si algo le pasara a esa máquina no podríamos seguir trabajando», añade.
«No hay electricidad ni agua. Los aviones dañaron la principal central de electricidad de la ciudad. No tenemos combustible y el teléfono ha sido cortado», se queja el médico.
El personal del hospital está abiertamente en contra de Estados Unidos, acusado de causar víctimas civiles, y defiende a los talibán y a su protegido, Osama bin Laden.
En la versión sumamente estricta del islam impuesta por los talibán, a las mujeres se les prohíbe trabajar, salvo en el sector de la salud, pero las enfermeras deben llevar la túnica que las cubre de la cabeza a los pies, y sólo están autorizadas a atender mujeres.
Sultana Bibi, de 62 años, explica que perdió a sus dos nietas, de 8 y 13 años, y que tuvo fracturas en las piernas cuando una bomba cayó en un dispensario de Kandahar. Según los vecinos, 13 civiles perecieron en ese ataque.
«Juro por el Corán que no había talibán en la zona», afirma.
Las milicias islamitas afirmaron que más de 1.500 civiles han muerto a causa de los bombardeos de la fuerza aérea estadounidense desde el pasado 7 de octubre, cuando se iniciaron los ataques.
El Pentágono calificó esas cifras de víctimas como «propaganda», pero reconoció que sus fuerzas han cometido errores. También acusaron a los talibán de utilizar a civiles afganos como escudos humanos. *
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