Belén quedó en ruinas tras la ocupación israelí
Una parte de esa pequeña ciudad situada al sur de Jerusalén, donde según la tradición cristiana nació Jesucristo, fue ocupada de nuevo el pasado 19 de octubre por el ejército israelí, después de que varios palestinos abrieran fuego contra el vecino barrio judío de colonización de Gilo y dos días después del asesinato de un ministro israelí por palestinos radicales.
En total, seis ciudades autónomas de Cisjordania seguían parcialmente ocupadas ayer viernes, aunque está prevista la retirada del ejército israelí en los próximos días.
Jaled Dajani, un joven palestino de unos veinte años, del campo de refugiados de Beit Jibrin, en pleno centro de Belén, debía casarse ese día. Pero la llegada de los vehículos blindados del ejército israelí provocó el aplazamiento de la ceremonia y la novia tuvo que quedarse en su pueblo.
El viernes, todavía soltero, Dajani se esforzaba por limpiar lo que quedaba del pequeño apartamento al que se había mudado, encima del taller de puertas y ventanas de aluminio de su tío.
Los tanques israelíes, explicaba, abrieron fuego el miércoles por la noche contra todos los pequeños edificios de su calle, la principal arteria de la ciudad, provocando en algunos casos un principio de incendio.
En el apartamento de Dajani, las paredes de la habitación están ennegrecidas, llenas de enormes impactos de bala, la ventana arrancada y los pocos muebles completamente calcinados. Por suerte, el joven estaba durmiendo en la habitación de al lado.
En el piso de encima, su tío Basil Dajani, de 45 años, que nació en ese campo, considera que tuvo aun más suerte: la habitación en la que dormían sus seis hijos, de entre cinco y 18 años, fue literalmente acribillada con balas de ametralladora, algunas de las cuales se incrustaron en la pared justo encima de las dos camas superpuestas de los niños.
Eran alrededor de las doce. «Me llevé a mis hijos y corrí hasta el valle con mi mujer», dice, señalando con el dedo un barrio situado un poco más abajo.
«Disparan contra todo lo que se mueve por la noche», asegura. Casi enfrente, el hotel Paraíso, que domina con sus cinco pisos esa calle, ya no es más que un esqueleto calcinado con la fachada ennegrecida por el humo.
El ejército se había apostado allí pero varios palestinos intentaron expulsarles del edificio a golpes de cóctel molotov, provocando un incendio.
De los cincuenta palestinos muertos desde el pasado 18 de octubre en esas incursiones, veinte murieron en Belén y la vecina ciudad de Beit Jalá, únicos lugares donde los soldados encontraron una verdadera resistencia, a la que respondieron visiblemente sin piedad. A mediodía, la calle se queda vacía de nuevo. Un tanque acaba de apostarse en medio de la calle, disparando ráfagas a intervalos regulares contra objetivos invisibles. *
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