Antrax: fácil producirlo pero no para atentados a gran escala
La temible bacteria del ántrax, cuya presencia aumenta en Estados Unidos, constituye una amenaza tanto más seria si se considera que no es difícil encontrarlo ni muy difícil cultivarlo.
El ántrax, la enfermedad del carbón, es endémica en varios países y hay más de 100 laboratorios veterinarios que lo manipulan, indicó a la AFP este miércoles Olivier Lepick, de la Fundación para la investigaciòn estratégica y autor de un libro sobre las armas químicas y biológicas.
Sus fuentes no faltan: un animal enfermo, un sitio contaminado, «campos malditos», conocidos de los agricultores por haber sido utilizados como fosas comunes.
Los terroristas podrían robar los bacilos e incluso beneficiarse de la complacencia de un Estado que ha hecho investigaciones en este terreno.
Pero, salvo, en este último caso, es probable que el arma se mantengan en un nivel primario.
Lepick precisa que entre el envío de cartas contaminadas como en Nueva York, Washington y Florida y atentados en gran escala hay «foso tecnológico» que al parecer todavía no ha sido posible saltar. Para tener efectos peores habría, como han hecho los rusos, que «militarizar» la bacteria volviéndola más patógena, más resistente a los antibióticos, y darle un vector capaz de difundirla eficazmente.
La cuestión está ahí, porque para dar eficacia hay que controlar la talla de las esporas (especies de caparazones muy resistentes en las que se refugian los bacilos).
Si las esporas son muy grandes, las detienen las protecciones del organismo, como los pelos de la nariz y los hilos de los bronquios.
Y si son muy pequeñas, podrán entrar en los pulmones pero también podrán salir, explicó Lepick.
Superado este obstáculo, habría que encontrar un aerosol que difunda el veneno a la altura humana porque, muy liviano, se dispersa en altitud y muy pesado cae a tierra y es pisoteado.
Además, este trabajo es peligroso y requiere experiencia biológica y un buen equipamiento de protección, señaló por su parte a la AFP el profesor Thierry Debord, del hospital militar Begin, de Saint-Mandé. *
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