Afganistán: "Ruinas que se transforman en más ruinas"
«Ruinas que se transforman en más ruinas», graficó a su país un refugiado afgano cuya casa fue destruida, a la radio pública norteamericana NPR, aunque negó haber visto víctimas civiles y se declaró «pro-norteamericano y anti-talibán».
Para ser esta la «nueva guerra» no convencional, a la que las declaraciones del presidente George W. Bush siempre hacen referencia, la primera fase de la campaña militar contra el terrorismo denominada «Libertad Duradera» se parece demasiado a las guerras del pasado más reciente: la del Golfo poco más de diez años atrás, o la de Kosovo, hace 30 meses.
Estas guerras tienen como características principales las oleadas de bombardeos, la utilización de proyectiles a menudo inteligentes, pocas imágenes y ninguna emoción.
Los misiles y las bombas caen sobre objetivos rigurosamente militares pero las operaciones no son a prueba de error: las víctimas civiles denunciadas por los talibán son quizás «exageradas», sugieren fuentes británicas pero un margen de «daños colaterales» no deseados en una guerra siempre hay, reconocen los generales del Pentágono.
En Afganistán, en relación con el Golfo y Kosovo, existe una complicación agregada: que los objetivos son pocos y que a menudo no hay nada que atacar.
El Pentágono admite que, desde el comienzo de las incursiones, fueron puestos en la mira unos 40 blancos en total.
Además reconoce que el número de aviones comprometidos fue relativamente modesto después del primer día, cuando se dispararon unos 50 misiles cruise de tipo Tomahawk y se enviaron sobre Afganistán unos 40 cazabombarderos pesados, desde Missouri en el corazón de Estados Unidos y de Diego García, en pleno Océano Indico.
A menudo los aviones vuelven sin haber lanzado las bombas: «Tienen órdenes de no desperdiciarlas, porque cuestan caras», dijo el general de Brigada de los marines, Henry Osman, a quien el Pentágono confía cuestiones técnicas.
Las fotografías y los videos que el Departamento de Defensa norteamericano comienza a difundir no evitan perplejidades.
Poco comprensibles para los profanos, las imágenes muestran bases en la zona de montaña, aeropuertos aparentemente rudimentarios y baterías de misiles antiaéreos.
Tarde o temprano, los signos de la devastación por bombas serán evidentes, sin embargo, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, dice que los talibán disponen aún de defensas aéreas.
Es una guerra llena de contradicciones que «no será un Vietnam», aseguró Bush, pero entretanto «durará años», advirtió.
En ella, la concentración de milicianos en el norte se evita para no abrir el camino de Kabul a la Alianza del Norte, un socio incómodo y además enfrentado a Pakistán y los jets persiguen a los automóviles de los talibán, en un escenario mediooriental.
Al mismo tiempo, los aviones no atacan el viernes porque es la fiesta de los musulmanes y de este modo queda claro al mundo que el enemigo no es el Islam, una manera de restablecer treguas como se hacía en la antigüedad, cuando Josué debía detener el sol para obtener la victoria porque en la noche no se peleaba.
En esta guerra también los aviones que llevan las bombas parten de los portaaviones al sur de Afganistán, se cruzan, sobre los objetivos, con aviones que llegan de la base de Tamstein en Alemania y que descargan toneladas de ayuda alimentaria bajo la forma de raciones diarias sobre los refugiados afganos.*
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