Terrorismo de pura cepa

Desde el domingo Estados Unidos bombardea a Afganistán, 24 horas sobre 24. El número de muertos sobrepasa el centenar, incluyendo personal de la ONU que trabajaba en la detección de minas y gente que oraba en una mezquita. Simultáneamente se intensificaron los bombardeos a Irak (interrumpidos desde 1991) y las amenazas contra dicho país. Todo en nombre de la lucha contra el terrorismo. Robert Mueller, jefe del FBI, ofrece cinco millones de dólares a quien contribuya a localizar determinados terroristas. Lástima que la lista sea tan corta, porque de lo contrario sería fácil detectar algunos notorios terroristas profesionales. Los tiene muy cerca. Tanto que revistan en las propias filas de los organismos de seguridad e inteligencia de los Estados Unidos.

El crimen de Barbados

El pasado sábado 6, ante un millón de personas en la Plaza de la Revolución, Fidel Castro rindió homenaje a las 73 víctimas (57 cubanos, 11 guyaneses y 5 coreanos) del atentado terrorista de Barbados, perpetrado el 6 de octubre de 1976. Ese día estalló el avión CU-455 de Cubana de Aviación apenas levantó vuelo del aeropuerto Seawell de Barbados. No hubo ningún sobreviviente. Los nombres de los cuatro asesinos se conocieron de inmediato. Los fotógrafos venezolanos Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano, agentes de la CIA, colocaron la bomba en el trayecto del avión desde Trinidad-Tobago a Barbados, se bajaron en ese punto y regresaron a Puerto España, capital de Trinidad-Tobago. Allí fueron apresados y confesaron, renovando esa confesión ante la justicia en Caracas, donde fueron conducidos. Revelaron también los nombres de los organizadores del atentado: Orlando Bosch, un contrarrevolucionario cubano desde 1959, refugiado luego en Miami desde donde organizó atentados con bombas en Cuba y estuvo vinculado al asesinato de Orlando Letelier en Washington; y Luis Posada Carriles, ex integrante de la policía secreta de Batista, instructor de la CIA, desde 1960, autor de atentados múltiples (en conexión con Bosch) y luego agente doble a sueldo también de la Disip (Dirección de Seguridad e Inteligencia Policial) de Venezuela. Los cuatro quedaron detenidos en Caracas, tras un proceso plagado de irregularidades y en medio de colosales presiones.

Intentando borrar las huellas el secretario de Estado Henry Kissinger se apresuró a declarar (15-X-76) que «nada relacionado con el gobierno norteamericano había tenido que ver con el sabotaje del avión» de Cubana, pero el Washington Post dijo que esta declaración era sumamente dudosa, el diario mexicano Excelsior comentó que «con la confesión de Hernán Ricardo Lozano está a punto de descubrirse una importante red terrorista anticastrista, que en alguna forma está vinculada con la CIA» y le Monde señaló que eran públicamente conocidas las vinculaciones de la CIA con grupos terroristas cubanos que se movían en suelo estadounidense.

Pusimos la bomba, ¿y qué?

El líder cubano recordaba que en esa plaza, 25 años atrás, despedían unos pocos féretros que llevaban pequeños fragmentos de restos humanos y prendas de algunos de los fallecidos en «ese brutal e increíble caso de terrorismo».

Todos los detalles del mismo, hasta los más mínimos, fueron conocidos gracias al trabajo de la periodista venezolana Alicia Herrera, plasmado en el libro «Pusimos la bomba, ¿y qué?» Ella entrevistó a Orlando Bosch y Freddy Lugo, alojados juntos en el Cuartel de San Carlos de Caracas (en condiciones privilegiadas y cobrando sueldo gracias a sus buenos padrinos).

Con paciencia extrema, a lo largo de decenas de visitas, fue desatando los nudos de la siniestra conjura, por boca de los participantes que –seguros de su impunidad– se vanagloriaban de la acción. En el capítulo VII se reproduce todo el itinerario del atentado. Esa gente quedó presa algunos años.

Complot en Panamá

Pero Posada Carriles escapó el 18 de agosto de 1985, por obra de la Fundación Nacional Cubano Americana, que envió 50 mil dólares a través de Panamá. De inmediato reaparece en El Salvador y entra en acción junto a la «contra» antisandinista. En 1998 reveló a The New York Times que sus operaciones eran financiadas por Jorge Mas Canosa (presidente de la FNCA, fallecido en 1997), Alberto Hernández (que lo sucedió) y el tesorero Feliciano Foyo. Se declaró autor intelectual de las explosiones en centros turísticos de La Habana en 1997 y de la formación de una red de mercenarios en El Salvador.

Esta historia tiene una coda en Panamá. Posada Carriles fue atrapado con las manos en la masa en un operativo para asesinar a Fidel Castro durante la Cumbre Iberoamericana Panamá 2000. Quedó detenido.

Cuba solicitó la extradición, que fue denegada. Las autoridades panameñas dijeron que sería juzgado en el país. En aquella reunión España propuso una resolución de condena a la ETA. Fidel Castro declaró que debía condenarse a todas las formas de terrorismo, incluso el terrorismo de Estado. Felipe González manifestó en la presentación de su libro «El futuro no es lo que era» que el presidente cubano tenía razón, a la luz de los hechos que hoy conmueven al mundo. *

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