La zona es un inmenso cementerio, con restos humanos sepultados entre un millón de toneladas de escombros, que todavía despiden humo

Un mes después de los ataques, Nueva York asimila el golpe y sigue adelante

Hay cambios en la ciudad desde los atentados del 11 de setiembre que son aparentes, visibles, empezando por el aire y el olor que se respira en la zona del sur de Manhattan, donde se levantaban las imponentes Torres Gemelas.

Ahora, esa zona es una inmenso cementerio, con restos humanos sepultados entre un millón de toneladas de escombros, que todavía despiden un humo acre, que provoca ardor en los ojos.

Visibles son también las medidas de seguridad, que fueron desplegadas tras los atentados del 11 de setiembre y fortalecidas después de que empezaran, el pasado domingo, los bombardeos de represalia contra Afganistán, que da refugio al extremista musulmán Osama bin Laden, sindicado como responsable de los ataques.

Soldados, policías, miembros de la guardia nacional, vigilan estrechamente túneles, puentes, aeropuertos, edificios gubernamentales, estaciones de tren y de ómnibus, la sede de Naciones Unidas, el Empire State, la Estatua de la Libertad, y cualquier otro sitio que podría ser un nuevo blanco terrorista.

Y las autoridades advierten a los neoyorquinos que sean pacientes y que se acostumbren a esta nueva vigilancia, ya que se volverá parte de la vida de la ciudad, durante semanas o meses por venir.

Pero hay otros incontables cambios registrados en esta ciudad de 8 millones de habitantes, que son menos visibles, y que abarcan desde modificaciones superficiales en la rutina cotidiana, hasta transformaciones profundas en la manera de ver y vivir de miles de neoyorquinos.

Entre los cambios banales, los neoyorquinos citan que en una ciudad donde el color «chic» era el negro, los colores que predominan ahora son el blanco rojo y azul de la bandera estadounidense, que ha cubierto las tiendas, restaurantes, taxis, edificios y casas, en todos los barrios de la ciudad.

Citan también, entre las transformaciones ocurridas en las últimas semanas, que los siempre impacientes neoyorquinos son ahora más amables, que los automovilistas no hacen sonar las bocinas, que los amigos y familiares se llaman más, sólo para saber cómo están, y que se expresan más el cariño.

Cuentan que los policías, que generalmente vistos con desconfianza en Nueva York, poblada por gente que suele ser individualista, competitiva, y decidida a salir adelante, han adquirido, al menos en muchos barrios, una nunca conocida popularidad.

Pero la fractura causada por los atentados –que pobló los parques y calles de la ciudad con las fotografías de miles de desaparecidos en el atentado– ha llevado a cambios menos aparentes, pero que han transformado para siempre la vida de alguna gente.

Allan Hartsfield trabajaba como corredor de bolsa en una de las Torres Gemelas. Vivía «la vida de un soltero rico en Nueva York: fiestas, restaurantes, clubes, viajes de fin de semana».

Cuenta que tras el atentado, en el que murieron muchos colegas, se sintió «triste, perdido, inseguro, vacío».

«Para mí, lo que pasó era inconcebible, que todo cambiara en un minuto, que en un minuto hubiera tanta muerte y destrucción».

«Sentí que si esta es la vida, quiero vivirla en forma diferente. No sé, tratar de hacer algo, de dejar algo».

Y, tres semanas después del atentado, se alistó en el Cuerpo de Paz, y espera partir para una misión de educación, en Africa o en América Latina.

Es sólo un caso, pero refleja la profundidad de la herida vivida por «la capital del mundo», como repite el alcalde Rudolph Giuliani, cuya invulnerabilidad fue para siempre impugnada por dos aviones secuestrados por terroristas, que hicieron colapsar el símbolo del poder financiero de la primera potencia mundial.*

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