El ascenso y la prevista caída de los afganos del Talibán

Prohibieron la música y la televisión. Encerraron a las mujeres en casa. Erradicaron las drogas. Los hombres no pueden afeitarse la barba y las ejecuciones se realizan en los campos de fútbol.

Estos son los talibanes.

Su movimiento surgió en los colegios religiosos de Pakistán, emergió como fuerza armada en Kandahar en 1994

y llegó al poder en un Afganistán devastado por la guerra en 1996.

Ahora son los objetivos de los precisos misiles de las más modernas fuerzas aéreas del mundo, como castigo por haber dado refugio al principal sospechoso de los atentados suicidas del 11 de septiembre en Nueva York y Washington.

Los talibanes están muy orgullosos de haber logrado imponer en su país una administración basada en la religión, tomando como modelo la utopía del sistema islámico de hace 1.300 años.

Pero su fervor religioso, su aislamiento internacional, su falta de experiencia diplomática –y la ausencia de algo tan básico como la televisión– pueden haber sellado su defunción.

Su líder espiritual es el misterioso mullah Mohammad Omar, nacido en una humilde familia campesina y quien nunca ha viajado más allá de Pakistán y se cree que sólo se ha encontrado con dos extranjeros en sus 44 años de vida.

El antiguo guerrillero que perdió un ojo en la lucha contra la ocupación soviética ha prohibido la educación y el trabajo femenino.

 

No a las imágenes

 

La televisión y la fotografía de un ser vivo están vedadas en Afganistán porque el Islam prohibe las imágenes. La música, excepto cantos religiosos sin instrumentos, tampoco está permitida.

Los hombres no deben cortarse sus barbas y las mujeres solo pueden ser vistas en públicas cubiertas de pies a cabeza.

La ley islámica sharia es estrictamente aplicada: se amputa la mano a los ladrones y las ejecuciones son espectáculos públicos.

La temida policía religiosa, que depende del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, patrulla las calles para obligar a la gente a rezar cinco veces al día y asegurarse de que las mujeres no salen de sus casas sin un familiar hombre.

La economía y la infraestructura están en ruinas, y la las Naciones Unidas estiman que, tras 23 años de guerra y la peor sequía en décadas, una cuarta parte de los 24 millones de habitantes del país dependen de la ayuda externa. Los talibanes son eficaces. Erradicaron el cultivo del opio en una tierra que hasta hace dos años era un mar de amapolas blancas y rosas y cuyos cultivos proporcionaban la mayor parte de la heroína mundial.

En una país donde un hombre es un hombre si lleva una pistola, los talibanes han confiscado cientos, sino miles de armas para restablecer el orden.

Los antiguos estudiantes de teología fueron elogiados como sabios cuando sus guerreros de turbantes negros llegaron a Kabul en 1996, derrocando a los muyahidin sin casi disparar un tiro ya que muchos comandantes fueron comprados con fondos proporcionados por la inteligencia paquistaní.

La principal víctima fue entonces el ex presidente Najibullah y su hermano, quienes fueron golpeados y colgados de farolas en el centro de la ciudad.

Los talibanes, que en lengua pashtun significa «estudiantes», no han logrado ser reconocidos por la comunidad internacional, más allá de por tres vecinos.

Pero de éstos, Arabia Saudita y los Emiratos Arabes Unidos cortaron sus vínculos con Kabul cuando los talibanes señalaron que no entregarían a Osama bin Laden.

Ahora los talibanes sólo tienen vínculos diplomáticos con Pakistán.

Pocos gobiernos habían tenido relaciones con ellos después de las sanciones impuestas sobre ellos el año pasado por la ONU por su negativa a entregar a Bin Laden por otros atentados.

La ONU todavía reconoce al gobierno de Burhanuddin Rabbani, líder de la opositora Alianza del Norte y presidente cuando los talibanes llegaron al poder.

La destrucción por los talibanes en mayo de dos estatuas gigantes de Buda les enfrentó a la comunidad internacional y produjo indignación en todo el mundo.

Pero eso no afectó al mullah Omar, conocido como el líder de los creyentes y que actúa como jefe de Estado.

Hasta la fecha no ha dado ninguna prueba de querer entregar a Bin Laden. O quizás no pueda hacerlo. La naturaleza de la relación que une a dos de los hombres más misteriosos del planeta es difícil de averiguar.

Pero en todo caso es cierto que el mullah Omar se ha hecho más dependiente de Bin Laden no sólo para financiar sino para mantener en pie su gobierno desde que Bin Laden se refugió en Afganistán en 1996. Quizás no pueden sobrevivir el uno sin el otro.

Y esa simbiosis puede ser ahora fatal para el movimiento islámico que el mullah Omar levantó de la nada, usando la fe religiosa para construir su estado ideal.*

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