Mayoría de estadounidenses está a favor de la guerra
Los ciudadanos reclaman operaciones militares contundentes, la detención o muerte de Osama bin Laden, el derrocamiento del régimen talibán e incluso una acción contra Irak que acabe con Saddam Hussein, según una encuesta realizada por The Washington Post.
Nueve de cada diez encuestados se declararon a favor de una ‘respuesta militar’ a los ataques del 11 de setiembre.
En su alocución radial de los sábados, el presidente afirmó que utilizará todas las armas a su alcance, ‘militares, diplomáticas, financieras y legales’, para acabar con el terrorismo en el mundo, pero rogó ‘paciencia y determinación’ para hacer posible la victoria, ante la insistencia de la gente reflejada en los sondeos.
‘No buscamos este conflicto, pero lo ganaremos’, prometió Bush, y ‘la causa de la libertad prevalecerá’. Insistió una vez más en que su gobierno no estaba en guerra contra ‘el pueblo afgano’ y recordó que EEUU seguía enviando ayuda humanitaria a Afganistán: ‘Lo que condenamos es el régimen talibán’.
Los objetivos de Bush reciben un amplísimo apoyo popular. Nueve de cada 10 estadounidenses, según la encuesta, opinan que el presidente ha reaccionado con acierto tras los atentados masivos contra Nueva York y Washington; la captura o muerte de Osama bin Laden es considerada necesaria por 9 de cada 10, y la idea de acabar con el régimen talibán es respaldada por 6 de cada 10.
El 80% cree que se logrará eliminar de alguna forma a bin Laden y el 91% se muestra confiado en que la campaña antiterrorista conseguirá ‘reducir significativamente’ los atentados contra objetivos estadounidenses. Un 58% considera que la campaña lanzada por la Casa Blanca debe encaminarse a reducir también los ataques terroristas contra ‘otros países’, incluso si no afectan los intereses de nortemericanos.
Pero la población quiere ir más allá y parece sintonizar con los elementos más duros del Pentágono y del gabinete de guerra formado por Bush: un 39% considera ‘necesario’ derribar el régimen de Saddam Hussein y otro 33% opina que sería ‘una buena idea, incluso si no se le puede relacionar directamente con los ataques terroristas'; de ello resulta que un 72% de los encuestados desea que los resultados de la Operación Libertad Duradera sea la instalación de un nuevo gobierno en Bagdad.
El 83% se declara favorable a las acciones militares continuadas, y un 67% dice que las apoyaría incluso si hubiera un gran número de bajas entre las tropas de EEUU y otro porcentaje similar haría lo mismo aunque la ofensiva resultase en la muerte de civiles inocentes en otros países.
El apoyo a la guerra es también mayoritario, pero menor, entre las mujeres, los negros y los jóvenes.
Un 65% cree que, aunque se acabe con bin Laden, con los talibán y con Hussein, y la actividad del terrorismo mundial llegue a hacerse mucho más débil, la guerra no habrá terminado si se produce un nuevo atentado contra EEUU.
Saddam Hussein en la mira
La concentración de fuerzas estadounidenses en torno a Afganistán después de los atentados del 11 de setiembre, en particular en la región del Golfo Pérsico, actualizó en Washington el debate acerca de la necesidad de arreglar de una vez por todas las cuentas con el régimen iraquí, enemigo de Estados Unidos en esa región del Golfo.
El presidente iraquí, Saddam Hussein, expulsado de Kuwait en 1991 por el padre del presidente George W. Bush, logró mantenerse en el poder, con grave riesgo para Washington, que ya mantiene un gran dispositivo militar alrededor de Irak.
Aunque Estados Unidos reconoce que hasta ahora no dispone de pruebas formales sobre la implicación de Bagdad en los atentados contra Nueva York y Washington, numerosas voces se alzan para afirmar que Irak sigue constituyendo un gran peligro.
Los posibles contactos entre uno de los piratas del aire, Mohammed Atta, y los servicios secretos iraquíes, o incluso la detención en Ecuador de siete iraquíes en el marco de la investigación internacional sobre las redes terroristas, alimentan la vigilancia estadounidense.
El senador republicano Jesse Helms y otros miembros del ala más conservadora del Congreso estadounidense presionaron recientemente al presidente Bush para que aproveche la ocasión de la amplia campaña antiterrorista que se está implementando, y desplace a Saddam Hussein.
«El primer presidente Bush ya debió haberse desembarazado de él. No haberlo hecho (en 1991) fue uno de sus mayores errores», declaró hace poco el senador.
Para Michael O’Hanlon, especialista en política internacional de la Fundación Brookings, «la divergencia más importante en el seno del gobierno (…) consiste en saber qué hacer con Saddam Hussein. Y habrá gente a favor de golpear fuerte».
Con las pasiones que siempre suscita la cuestión iraquí en Washington, «no es sorprendente que haya puntos de vista diferentes», sostiene Walter Russell Mead, del Consejo de Relaciones Exteriores, un centro de estudios norteamericano.
El intercambio de algunas estocadas entre el Pentágono –Ministerio de Defensa– y el Departamento de Estado –Ministerio de Asuntos Exteriores– ponen en evidencia que ese debate existe.
Afirmaciones del secretario adjunto de Defensa, Paul Wolfowitz, declarado partidario de una política de fuerza en relación con Irak, sobre la necesidad de atacar a los países que apoyan al terrorismo, relanzaron las especulaciones acerca de una acción contra Bagdad.
El jefe de la diplomacia estadounidense, Colin Powell, declaró más tarde que el objetivo número uno era el presunto cabecilla de los atentados, Osama bin Laden, refugiado en Afganistán, y su red Al Qaida –que significa «La Base»–, y no entrar en guerra con un país en particular.
Pero a pesar de haber excluido explícitamente a Bagdad de la «fase uno» de la respuesta estadounidense tras los atentados, Powell subrayó que habría una «fase dos» y «una fase tres», cuyos contenidos no especificó.
«No tenemos ninguna expectativa en Saddam Hussein. Desde hace diez años condenamos su régimen, y lo seguiremos haciendo. Siempre tenemos la posibilidad de atacar si eso nos parece apropiado», repitió varias veces Powell en los últimos días.
Las señales contradictorias de Estados Unidos empujaron a numerosos países árabes a intervenir y presionar a Washington para que no trate de extender sus operaciones más allá de Afganistán.
El jefe de la diplomacia egipcia, Ahmed Maher, que esta semana viajó a Washington, regresó aparentemente con la seguridad de que «Estados Unidos se concentra en Osama bin Laden y no tiene previsto ampliar la confrontación».
En lo que respecta a Irak, Bagdad parece haber percibido el peligro si se tiene en cuenta la multiplicación de sus declaraciones de inocencia.
«No conocemos a bin Laden, no tenemos ningún contacto con él y no tenemos relaciones con el gobierno talibán», declaró el jueves el jefe de la diplomacia iraquí, Tarek Aziz.
El extremista musulmán de origen saudita Osama bin Laden, de 44 años, que combatió a los soviéticos en Afganistán en la década del 80 al frente de miles de voluntarios árabes, declaró la «guerra santa» a Estados Unidos hace 10 años para exigir el retiro de sus tropas «infieles» desplegadas desde la guerra del Golfo en Arabia Saudita, «tierra santa» del Islam. *
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