El heredero del trono de Pedro peregrina a Tierra Santa

El viaje que el Papa soñó

Una cosa es cierta: el Papa siempre quiso viajar como peregrino a los lugares en los que se jugaron las etapas fundamentales de la historia bíblica de la salvación, para reafirmar la validez de la Revelación judeocristiana al cumplirse dos mil años de la llegada de Cristo.

Desde su primera Navidad como pontífice romano, en 1978, Karol Wojtyla anunció el sueño de ir «a las raíces de la fe», cumpliendo como Papa el mismo peregrinaje emprendido en 1963, cuando era simplemente obispo auxiliar de Cracovia.

El deseo permaneció sustancialmente idéntico a través de los 20 años de su pontificado, y fue así que en enero, al enviar su mensaje a los fieles para la Cuaresma de 2000, Juan Pablo II invitó a «cada uno de los cristianos a acompañarme en oración mientras, a cada etapa de mi peregrinaje invocaré el perdón y la reconciliación, para los hijos de la Iglesia pero también para la humanidad entera».

El objetivo no era de los más sencillos: el primer Papa en la historia que visitó Tierra Santa fue Pablo VI, pero lo hizo en 1964, tres años antes de la Guerra de los Seis Días, que llevaría al conflicto permanente entre Israel y sus vecinos árabes y sobre todo a la ocupación –y posterior anexión– de la parte oriental de Jerusalén, que encierra los lugares más sagrados para judíos, musulmanes y cristianos.

Aun así, ya en 1983 Juan Pablo II afirmó su deseo de llevar a cabo la visita «lo antes posible», confiando en que «las dificultades políticas que me han obligado a aplazarlo encuentren cuanto antes una solución».

Desde fines de los años 70, en realidad, la diplomacia de la Santa Sede trabajaba sobre los dos frentes cruciales para garantizarle al Papa la bienvenida en la tierra en la que vivió Jesús, o sea Israel –país con el que el Vaticano no mantenía relaciones– y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Los contactos políticos con Israel nunca fueron difíciles, aun antes del establecimiento de las relaciones entre los dos Estados, ayudados en gran parte por la actitud abiertamente projudía de Juan Pablo II, el primer Papa que visitó tanto la sinagoga de Roma como el campo de exterminio de Auschwitz, y subrayó la necesidad para la Iglesia de mantener relaciones cordiales con los «hermanos mayores en la fe».

En cuanto a la OLP, tras el primer encuentro entre el Papa y Faruk Kaddumi (en ese entonces «número dos» de la organización) las relaciones fueron también del todo amigables: el Papa ha recibido nueve veces a Yasser Arafat en el Vaticano, y nunca ha cesado de abogar a favor del derecho palestino a una patria.

Las relaciones con Israel quedaron establecidas en 1993 y hace dos meses la OLP y el Vaticano firmaron un acuerdo-marco para sus futuras relaciones. De este modo, la Santa Sede ha logrado mantener su política de «iguales distancias» de israelíes y palestinos, reconociendo la necesidad de seguridad que está a la base de la política de los primeros y la aspiración a un Estado propio de los segundos.

En su explícito esfuerzo de favorecer el clima para la definición de una «paz justa y duradera» en el Medio Oriente, la Iglesia se ha vuelto también el principal abogado internacional de un estatuto especial para Jerusalén, ciudad que los israelíes quieren mantener como su «capital única e indivisible», mientras los palestinos la desean como la capital de su propio Estado.

Para lograr este objetivo, obviamente de muy largo plazo, Juan Pablo II ha insistido en darle a su viaje un carácter marcadamente interreligioso, al reunirse con un rabino al pie del Muro de los Lamentos y con el Gran Mufti musulmán en la Explanada de las Mezquitas. El encuentro con los responsables de las otras dos grandes religiones monoteístas en dos lugares que pertenecen a la historia común de los pueblos del Libro –o sea los restos del antiguo Templo de Jerusalén– representa para el Papa una de las cumbres, si no la más importante, de su pontificado.

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