La invasión y el reparto de Polonia entre alemanes y soviéticos

El primero de setiembre de 1939 a las 4.45 de la mañana estallaba la II Guerra Mundial

JOSE LUIS MARTINEZ

 

Penetrando sorpresivamente por cuatro frentes –Silesia, Mazuria, Cárpatos y Pomerania–, las fuerzas terrestres del Tercer Reich, precedidas de ataques aéreos de 1.600 cazas y bombarderos y de 3.400 carros blindados, fueron penetrando rápidamente en territorio polaco, siendo acogidas con simpatía en las zonas fronterizas, habitadas por pobladores de origen alemán.

Era la guerra relámpago o «blitzkrieg». Pero a medida que se iban acercando a Varsovia, los soldados nazis empezaron a toparse con una feroz resistencia nacional, dispuesta a hacerles pagar caro la invasión de su país.

Para justificar la acción –luego de haber firmado con Josef Stalin un pacto de no-agresión con una cláusula secreta que partiría a Polonia en dos mitades, una nazi y otra soviética, realizado con la ayuda de Mussolini– el canciller alemán, Adolfo Hitler, anunció en la mañana del mismo día de la invasión que su país «respondía de esa manera a un ataque polaco perpetrado la noche anterior contra una pequeña estación de radio» en la zona fronteriza.

Después de la guerra se supo que los mismos alemanes habían organizado la provocación vestidos con uniformes de soldados polacos.

Una semana después de la invasión nazi, y aprovechando que Polonia tenía concentrada sus fuerzas en el lado occidental del país, Stalin ordenaba la invasión de la parte oriental con un millón de hombres, cuatrocientos aviones y un millar de blindados.

Varsovia capitulaba el 28 de setiembre, y días después las tropas vencedoras de ambos países desfilaban en una parada militar conjunta en una localidad de la nueva frontera. Polonia había desaparecido.

Londres y París, aliados de Polonia, al no recibir respuesta a un ultimátum enviado a Berlín que exigía la retirada inmediata de las tropas alemanas de territorio polaco, declaraban la guerra a Alemania el 3 de setiembre, pero sin intervenir militarmente.

Durante ocho meses, se instauraba en la frontera franco-alemana la llamada «funny-war» o «guerra-ficticia», en la que los soldados enemigos sólo se observaban, sin disparar, en una actitud que asombraba al mundo entero.

Alemania, por su lado, atacaba en abril siguiente a la pequeña Dinamarca y a la despoblada Noruega, mientras Francia y Gran Bretaña se sumergían en una especie de apatía general, sin atreverse a tomar ninguna decisión.

La gran sorpresa vendría ocho meses después, el 10 de mayo de 1940, cuando Alemania, que aprovechó ese tiempo para preparar su ofensiva, lanzaba una gigantesca guerra relámpago contra Holanda, Bélgica y Luxemburgo, penetrando en Francia por la zona de Sedán, en el extremo norte de la famosa Línea Maginot, que de nada sirvió.

Rodeando la modernísima fortificación, las tropas nazis –con 136 divisiones compuestas por 2.750.000 hombres, 1.200 aviones caza, 1.800 bombarderos y 2.600 tanques– se imponían rápidamente a las desorientadas tropas franco-británicas, y el gobierno francés de Petain pedía y firmaba el armisticio el 22 de junio de 1940.

Desde ese momento se daba por terminada la «funny-war» y se pasaba a un horroroso conflicto que duraría cindo años más y finalizaría con la muerte de alrededor de sesenta millones de seres humanos.*

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