El FMI y América, la cuerda y el ahorcado

La XV Cumbre del grupo de Río que acaba de reunir en Santiago a gobernantes de 19 países de América Latina y el Caribe, así como las negociaciones de Argentina con el FMI en Washington, colocan a nuestro continente en el proscenio de la actualidad internacional.

 

La extensión de la pobreza

 

En su discurso inaugural el presidente chileno, Ricardo Lagos, aludió a la pobreza y su extensión como problema fundamental del continente, así como a la necesidad de reducir los gastos militares, concepto que se va abriendo paso. La declaración de 44 puntos firmada ayer por los jefes de Estado insta al G8 a tomar decisiones que alivien la deuda externa y favorezcan la lucha contra la pobreza extrema.

Cabe recordar al respecto las sucesivas declaraciones del presidente del BID, Enrique Iglesias, quien no sólo caracterizó a América Latina como el continente de mayor desigualdad social, sino que precisó recientemente, en declaraciones en nuestra capital, que este fenómeno se ha acentuado en el último período, situando a un número creciente de familias latinoamericanas en la zona de la pobreza a incluso de la indigencia.

Con los datos estadísticos en la mano, nuestro corresponsal en Argentina señalaba ayer que en Buenos Aires la pobreza se extiende como una llamarada y que uno de cada tres habitantes porteños y del cono urbano es pobre. Si esto sucede nada menos que en Buenos Aires, se comprenderá que los ejemplos en el mismo sentido, infortunadamente, pululan a lo extenso del continente.

 

Tira y afloja en Washington

 

Las trabajosas negociaciones que el equipo económico argentino mantiene en Washington con el mayor organismo internacional de crédito están demostrando que el FMI sostiene a la Argentina como la cuerda al ahorcado. Las declaraciones de los voceros del Fondo están destinadas a aventar toda ilusión al respecto. Primero, respecto a los plazos y al monto de los créditos. Tom Dawson dijo que no deben sobrestimarse los aportes, que estarán muy lejos de los niveles que se vienen mencionando, que por ahora no hay fecha para cerrar el acuerdo, que se está examinando la evolución de la situación y que la ayuda adicional de modo alguno será un cheque en blanco. Estas declaraciones eran un eco de los pronunciamientos previos del secretario del Tesoro de EEUU, Paul O’Neill, quien habló como el verdadero patrón del FMI (que lo es en realidad, basta examinar los votos de cada país derivados de sus cuotas). Enfrió los ánimos advirtiendo que no se espere ninguna resolución antes de la semana próxima, agregó que no se pondrían a disposición de Argentina sumas elevadas, y que lo esencial eran las medidas a adoptar por parte de la conducción económica del país.

Tal era el leit-motiv de ambas declaraciones, parecidas como dos gotas de agua: el crédito estará severamente condicionado –ésas fueron las palabras empleadas– a que el gobierno baje a cero el déficit fiscal recortando la previsión social, las asignaciones a la salud, la distribución de recursos a las provincias y otros rubros. Esto en primerísimo lugar. O’Neill y Dawson expresaron en ese sentido exactamente lo mismo. Y le agregaron la profundización de la reforma del Estado, aunque Argentina malbarató todo su rico patrimonio estatal en la década menemista. Ya no le queda más nada por vender (y eso fue en buena medida lo que condujo a la crítica situación actual, por otra parte).

O sea que desde Washington se pretende dictar de cabo a rabo la política económica del gobierno argentino. Lo mantienen con la soga de los créditos al cuello y aprietan hasta el límite del ahorcamiento, sin pasarse. Porque si hay default no se paga la deuda, y los créditos son en última instancia, no para la reanimación productiva, sino para pagar la deuda (según la fórmula clásica: deuda sobre deuda para pagar deuda), aunque la gente retrograde en sus condiciones de vida a límites nunca vistos en el país, tan rico como potencialmente lleno de posibilidades.

 

Caminos opuestos

 

Estos hechos nos atañen directamente, en vísperas de las negociaciones del equipo económico uruguayo con el FMI y cuando el presidente Batlle se juega todos los boletos al ALCA, un proyecto a la medida de los intereses hegemónicos de EEUU.

Pero éste no es el único camino posible. El lunes pasado coincidieron en el sur venezolano, fronterizo con Brasil, los presidentes Chávez y Cardoso (con Fidel Castro como invitado) y se ha creído ver en el acuerdo de conexión energética suscrito el esbozo de un eje Caracas-Brasilia. En todo caso, ambos países están unidos por su decidida oposición al ALCA, expresada por el brasileño en la Cumbre de las Américas en abril pasado. En esa ocasión Chávez manifestó además su decisión de unirse al Mercosur, anuncio significativo por provenir de un integrante de la comunidad andina.

Por otra parte, nuestro país acaba de ser sede de un seminario de partidos de la IS en países integrantes del Mercosur y de la Unión Europea, en el cual –junto con el rechazo decidido al ALCA– se priorizó la relación entre ambos bloques como expresión de lo que se denominó un nuevo regionalismo internacional.*

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