A 40 años del Muro de Berlín, expresión de una grave crisis
Cuando en la madrugada del 13 de agosto de 1961 se cerró en Berlín la frontera con las partes occidentales de la vieja capital alemana, se había producido un hecho absolutamente descomunal, difícil de imaginar. Un muro en el centro de Europa, en el linde entre los dos sistemas sociales, se convirtió en una tremenda bandera propagandística contra la República Democrática Alemana y todos los países socialistas.
Un verdadero bumerán, que se había puesto en manos de occidente, un signo negativo y cuyo derrumbe en 1989, fue percibido y promovido como símbolo de la caída del socialismo en la Unión Soviética y demás países socialistas.
Bien se ha dicho, que después de 1989, ya no sirven los paradigmas con que nos habíamos familiarizado y que hemos adoptado para explicar los fenómenos históricos, unilateralizando las causas, generalmente viendo en la parte «imperialista» el único móvil. Los hechos berlineses que culminaron con la construcción del muro, obligan a un enfoque crítico y analítico. Los países socialistas arrastraban profundas debilidades políticas, económicas e ideológicas, que hicieron eclosión en el movimiento comunista, acelerando la crisis y posterior caída del sistema.
Veamos sólo algunos hechos: en 1956, el XX Congreso del PCUS reveló los crímenes y errores del estalinismo y algunos meses más tarde, los acontecimientos de Hungría plantearon una crisis política, donde intervinieron los tanques soviéticos para controlar la situación. No se aprovecharon estos acontecimientos removedores para un profundo debate acerca de las grandes incoherencias e insuficiencias, que se expresaban particularmente en el plano político y económico.
De haberse realizado este debate tan necesario, se hubiera llegado seguramente a conclusiones positivas como, por ejemplo, la ampliación de la democracia y la participación de la gente o el rechazo de posiciones voluntaristas, de menosprecio de las posibilidades del capitalismo y especialmente de la revolución técnico-científica, que marcaba un cambio del empuje económico del capitalismo. Se alentaban, no sólo en la RDA, opiniones carentes de todo realismo, de que el sistema socialista, a más tardar en 1965, superaría al capitalismo. Los hechos, indicaron otra cosa, particularmente en la RDA, que se enfrentaba a la lógica comparación con Alemania occidental, quedando rezagado durante los 40 años de su existencia, el nivel de producción, el rendimiento del trabajo y lógicamente el nivel de vida de los ciudadanos.
El Plan Marshall ha sido un elemento clave de la estrategia capitalista occidental, inyectando millones de dólares en las economías occidentales. La ya señalada carencia de libertad y democracia en la parte oriental de Alemania, agregaba un factor negativo, más allá de los importantes esfuerzos que se hicieron para crear una sociedad socialista.
El éxodo masivo: una sangría mortal
El éxodo anual de cientos de miles de personas por la frontera abierta de Berlín, entre los muchísimos jóvenes y profesionales altamente calificados, agudizaba la crisis, amenazando seriamente los planes económicos del Estado.
El cierre de la frontera con Berlín occidental, abierta durante doce años, fue resuelto por los países del Tratado de Varsovia, causando graves problemas a la población, al separar familias, dificultando los contactos y viajes de una parte a la otra. Graves incidentes causaron más de cien muertes en la frontera, convirtiendo el muro en una permanente campaña contra el este socialista.
Berlín, dividido en medio de la RDA por los acuerdos de los entonces aliados, se había convertido en punto neurálgico de la guerra fría. Cuando a principios de junio de 1961 se encontraron en Viena Nikita Kruschov y el presidente John Kennedy y no llegaron a un acuerdo, se precipitaron los acontecimientos, escalando las tensiones en torno de la situación de Berlín occidental y manteniendo EEUU sus posiciones estratégicas.
El levantamiento del muro mejoró, aunque parezca mentira, las relaciones este-oeste, al respetarse las demandas llamadas «esenciales» por Kennedy, dejando intactos los intereses norteamericanos y occidentales. Sin embargo, el muro profundizó la problemática interna de la RDA, especialmente relacionada con los derechos humanos. Si bien se pudo impedir la sangría del éxodo, lo que proporcionó mejores condiciones para una relativa consolidación económica, en lo político «la crisis del muro» ha sido altamente contraproducente para el desarrollo y el fortalecimiento del régimen socialista y allanó el camino para la crisis existencial de la RDA, en noviembre de 1989.
Para muchos ciudadanos de la RDA el muro era expresión de debilidad e inclusive del fracaso de poder construir una nueva sociedad en democracia y con libertades aseguradas. El reclamo de modificar el régimen fronterizo, demoliendo el muro, llegando a acuerdos en medio de la distensión internacional, era un clamor general. La dirigencia estatal y partidaria hacía oídos sordos ante estas demandas, que podían haber modificado la situación. Algunos analistas afirman, que la situación en la década del 80 hubiese permitido encontrar un acuerdo entre las partes.
Sin embargo, Erich Honecker negó terminantemente una salida de este tipo, al declarar todavía a principios de 1989, que el muro sería mantenido 50 o inclusive 100 años más, si las condiciones lo requerían.
La división de Alemania, como resultado negativo de la 2ª Guerra Mundial ha sido una desgracia, afirma la conocida escritora alemana Christa Wolf en su brillante novela «El ciclo dividido». Esta división dejó su impronta en la vida de los ciudadanos, dividió el ciclo y la tierra y determinó el levantamiento del muro, hace 40 años.
Es necesario, urgentemente necesario, al recordar los sucesos de Berlín del 13 de agosto de 1961, sacar las conclusiones de los errores cometidos.*
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