La puntería de los terroristas

NIKO SCHVARZ

 

«Uno de los mayores éxitos del ejército israelí», tal fue el calificativo otorgado por Ariel Sharon al ataque de helicópteros armados con misiles el martes pasado en Naplusa, Cisjordania, que segó la vida de ocho palestinos, entre ellos dos niños. El mismo día mataron a otros dos palestinos en la franja de Gaza. El viernes éstos reavivaban sus expresiones de dolor y protesta en el entierro de uno de los suyos a manos de un soldado israelí, mientras otro hirió a un niño y su abuelo palestinos que estaban de paseo. La escalada no da tregua.

Como los yankis en el Golfo

¿A qué se debe la expresión, exultante de júbilo, del primer ministro? A la precisión de los disparos mortales, producto de la elevada tecnología de que dispone el Tsahal (ejército israelí). Los especialistas en operaciones especiales no caben en sí de gozo. Dice uno de ellos: «Todos los ejércitos del mundo se vanaglorian de una capacidad semejante. Pero el ejército israelí la aplica casi cotidianamente y una operación como la de Naplusa (Cisjordania) aparece, luego de otras, como una operación ejemplar».

O sea que el crimen múltiple está santificado, al extremo de considerarlo ejemplar, porque se perpetró utilizando una elevada tecnología. En otras palabras, Israel impone su dominio en toda la región, y lleva la muerte a territorio palestino, válido de su incontestable superioridad militar. Hace imperar la razón de la fuerza.

Siguen las huellas dejadas por los yankis en sus ataques a Irak en la guerra del Golfo de 1991, bajo la presidencia de George Bush padre. Era la época en que los ciudadanos norteamericanos (y de todo el mundo) veían la guerra desde el living, en emisiones televisivas ultrasofisticadas, que mostraban a los misiles apuntando con extrema precisión para hacer blanco en objetivos prefijados.

Ahora se exhibe ante el mundo un espectáculo análogo, reproducido en cadena desde la pantalla de millones de televisores.

Tecnología de la muerte

Así se pudo contemplar cómodamente cómo el misil penetró por la ventana y estalló en una habitación determinada del edificio señalado, precisamente donde se hallaban las víctimas marcadas para morir. Los especialistas discutían luego apaciblemente sobre el sistema de dirección del misil, sobre las cámaras y cañones acústicos, y sobre la labor de espionaje, en toda la fase previa, de los agentes infiltrados en los territorios, a su vez dotados de medios sofisticados de recepción y comunicación de datos, todo ello canalizado a través de una red informática de última generación.

Y sin embargo, a pesar de la avanzada tecnología utilizada, se cometieron terribles errores. La muerte de los niños fue puesta en la cuenta de dichos errores. Nos hace recordar la actitud asumida por EEUU en el curso de sus aventuras agresivas en todas las latitudes. Por ejemplo, el bombardeo a la embajada china y a un tren en marcha en la guerra de Kosovo, la irrupción de un avión espía sobre territorio chino, la muerte de un ciudadano de Vieques, todos fueron colocados en la lista de los errores. El canciller Shimon Peres salió a enfrentar la calificación de «Estado mafioso» endilgada a Israel por gran parte de la comunidad internacional (incluso recibió la crítica del gobierno norteamericano) porque hace justicia por mano propia y perpetra lo que Amnistía Internacional denomina «ejecuciones extrajudiciales». Pero alegó, como justificación, que «las reacciones en el mundo hubieran sido totalmente diferentes si durante la operación en Naplusa no hubieran muerto los niños».

El vicepresidente norteamericano Richard Cheney pretendió aminorar la condena internacional al gobierno de Israel declarando que éste tenía «cierta justificación» al matar en forma deliberada a palestinos que supuestamente planeaban atentados, pero la réplica provino del propio Departamento de Estado, cuyo vocero señaló: «Estamos en contra de esta práctica de asesinatos dirigidos». Viniendo de EEUU, no es poca cosa.

El precio de los errores

Desde la cancillería israelí se reconoció públicamente que la operación de Naplusa afectó la imagen de Israel, pero que «es el precio a pagar si uno quiere defenderse». Se aludía a la repulsa internacional, pero también a cierta oposición interna que encuentran medidas de esta índole en la propia Israel, a pesar de que la sociedad tiene la sensibilidad en carne viva por atentados palestinos tipo kamikaze como el que segó la vida de un conjunto de jóvenes en una discoteca de Tel Aviv, y por la amenaza de otras acciones de represalia. Debe agregarse, para completar el cuadro, que la represión del gobierno de Sharon se dirige también a sectores y grupos israelíes que luchan por la convivencia árabe-israelí y por negociaciones de paz entre ambos pueblos.

Mientras tanto, la práctica sistemática del terrorismo de Estado por parte de Israel no se detiene. La exaltación de la masacre de Naplusa efectuada por Sharon, más allá de sus oropeles tecnológicos, es la señal inequívoca de que su gobierno continúa imperturbable por la senda de envolver a la región en una espiral de sangre. *

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