EEUU estrecha el cerco sobre Colombia
En el programa «Choque de opiniones», difundido por CNN, se lanzó al cuadrilátero a un peso pesado de la política exterior estadounidense, el ex subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos Elliot Abrams, un «duro» partidario de que EEUU imponga sus decisiones utilizando su supremacía militar. Pero en este caso resultó interesante, y gracioso por momentos, apreciar cómo lo hizo trastabillar un peso liviano, una funcionaria del gobierno paraguayo en EEUU llamada Elianne Cibils.
Lo que Washington no puede explicar
El tema circunstancial del debate era el mecanismo de certificación (o descertificación) mediante el cual Washington se arroga el derecho de calificar si un país hace o no lo que corresponde, a criterio exclusivo de Estados Unidos, en la lucha contra el narcotráfico.
La diplomática guaraní comenzó por senalar, en tono modoso, que los papeles de la pieza estaban mal repartidos, porque es el gobierno norteamericano el que debería examinar el problema en su propio país, en primer término, exponiendo qué acciones emprende en la lucha contra la droga. Más concretamente: qué hace (si es que hace algo) para disminuir el consumo y el número millonario de drogadictos; qué hace (si es que hace algo) para impedir que la droga ingrese por toneladas a su territorio.
Cuando estuvo entre nosotros el presidente Chávez senaló la razones de su negativa a autorizar el sobrevuelo de Venezuela por aviones-espías norteamericanos. Y agregó que la droga ingresaba a EEUU por alguna vía: por aire, por tierra, o por mar (o por las tres a la vez).
Si el gobierno norteamericano adoptara medidas en este sentido, el problema disminuiría apreciablemente. Pero no parece ser ésta una de sus prioridades. Antes bien, utiliza el tema como pretexto para extender su presencia militar en países del hemisferio y para preparar la intervención en Colombia.
Belleza americana
En la excelente película «Belleza americana» (American Beauty) –un reflejo bien logrado de problemas reales de la vida norteamericana– el joven pasador de droga está pintado como un personaje plenamente ubicado en esa sociedad, a la vez dotado de buenos sentimientos y de una dosis de poesía, y capaz de acumular decenas de miles de dólares con poco trabajo. Es un ejemplar típico de dicha sociedad, multiplicado por decenas de miles a lo largo y ancho de la Unión.
Cuando le movieron el piso, Abrams reaccionó con toda brutalidad. Reconoció –qué más remedio– que el mecanismo de certificación partía de la premisa de que «la culpa la tienen los otros y no nosotros» (los norteamericanos); pero lo justificó afirmando –con énfasis, en su espanol pedregoso– que se trata de saber «qué se hace con nuestro dinero».
O sea: ellos dan dinero para que los gobiernos del continente reduzcan la producción y el tráfico de drogas. Ergo, les asiste el derecho de controlar y de dictaminar sobre la materia. A esos fines sirve la certificación.
El soborno barato
También en este punto quedó desairado. Su ocasional contrincante reveló que la ayuda norteamericana a su país en este rubro se reducía a 227 mil dólares y a la promesa de unas computadoras que todvía no habían llegado.
Tampoco pudo explicar Abrams de dónde saca EEUU el derecho de enjuiciar urbi et orbi la conducta de los distintos gobiernos, como si fuera un gendarme mundial.
La otra participante estimó que esto era contraproducente; e incluso los conductores del programa plantearon que si el control mundial fuese ejercido por la ONU o por una agencia independiente, alcanzaría una credibilidad de que carece el mecanismo digitado por EEUU.
Pero luego, con Abrams como bastonero, concentraron las baterías contra las FARC, arrojando sobre ellas todas las culpas del narcotráfico. Quedaba claro que el programa estaba destinado a crear, con ese pretexto, el clima para la intervención armada.
El comando Sur monitorea con ese objetivo la base de Manta, en el Pacífico ecuatoriano, y procura mantener su presencia en Panamá, en contacto con las bandas paramilitares de Castano que acrecientan sus acciones, sobre todo en la frontera colombiana.
Clinton y la sombra de la intervención
El martes 7 veíamos en la pantalla un doble movimiento. Por una parte, grandes empresarios norteamericanos se entrevistaban con el líder histórico de las FARC, Manuel Marulanda, en el territorio desmilitarizado donde se realiza el diálogo de paz.
Por otra, el presidente Clinton defendía a ultranza la ayuda militar a Colombia, diciendo que se proponía crear destacamentos especializados en el combate al narcotráfico. En realidad, la casi totalidad de los 1.600 millones de dólares están destinados a reforzar el ejército colombiano en procura de una salida militar al conflicto, contrapuesta a la solución política negociada en marcha.
En un trabajo presentado en el Encuentro de Managua del Foro de Sâo Paulo bajo el título: «Reflexiones sobre estrategias de guerra y paz», el antropólogo y dirigente comunista colombiano Jaime Caycedo sostiene que Washington se propone «un fortalecimiento excepcional y repentino, táctico y estratégico, del ejército oficial» y «desplegar el nuevo concepto estratégico de intervención legítima en emergencias humanitarias complejas»; en síntesis, «crear la presión militar suficiente para ir modelando escenarios de negociación diferentes de los actuales, que tienen como referente la zona de distensión, la agenda común, la negociación por bloques temáticos y el contacto directo con el alto gobierno».
Compartí tu opinión con toda la comunidad