La Columna Amarilla

Cuentito

Los Tipos se mantenían al costado y les señalaban a Los Quías ciertos errores que estaban cometiendo.

Los Quías los miraban por encima del hombro, fruncían la nariz y sonreían sobradoramente. Y seguían «equivocándose». «Total  decían  nadie los escucha. Y si los oyen, inmediáticamente haremos que las palabras lleguen cambiadas.»

Los Tipos insistían y el jueguito se repetía. Los tipos empezaron a mostrar los errores y a proponer como evitarlos o solucionarlos.

Ahí Los Quías empezaron a preocuparse un poco más, ya que mucha gente y hasta antiguos compañeros de camino, empezaron a hacerse preguntas, y tuvieron que salir a explicar desexplicando, sin dejar de agitar viejas, sucias y fantasmagóricas sábanas blancas.

E inmediáticamente, hicieron funcionar los efectos especiales y sonaron rayos y truenos, mientras se veían tumbas semiabiertas de donde resucitaban malolientes cadáveres que, por aquello de los recuerdos adquiridos, ofendían las narices de los que habían dudado. Y los apartaban de Los Tipos.

Los Quías se preocuparon un poquitito más pero siguieron «equivocándose», aunque hacían como que estaban entendiendo y que capaz que muy pronto, quizás, iban a hacerlo mejor.

En eso estaban cuando Los Tipos se juntaron con los antiguos amigos de Los Quías y con algunos nuevos y con otros que mejoraron su olfato y todos se pusieron de acuerdo en que Los Quías tenían que dejar de «equivocarse» y plantearon propuestas concretas.

Y ahí sí que Los Quías se preocuparon de verdad, gritando como teros histéricos, pero cuidando no ofender a sus amigos, sin darse cuenta que ya los habían ofendido con sus «equivocaciones». Porque uno no se puede «equivocar» siempre para el mismo lado, porque el mismo lado, a veces cambia.

Y colorín, colorado, esta historia todavía no ha terminado.*

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