Moscú y Pekín y un acuerdo "histórico"
La estabilidad estratégica fue el centro de las deliberaciones entre el presidente ruso, Vladimir Putin, y el premier chino, Jiang Zemin, y de la posterior declaración conjunta, además de estar mencionada en el tratado.
Putin y Jiang, que se reunieron a solas en el Kremlin y luego con sus respectivas delegaciones, ratificaron que el Tratado misilístico AMB «es la piedra angular de la estabilidad estratégica y la base para las reducciones de armas ofensivas estratégicas» y no se modifica.
Ambos líderes, pese a que negaron la intención de crear una alianza militar, se presentaron como defensores de un status quo puesto en peligro por voluntad de la hegemonía de Washington, afirmando que el acuerdo quiere garantizar «la paz y la seguridad mundiales».
El escudo espacial evocó, sin que fuera nombrada, la cumbre del G8 de Génova, donde Putin se encontrará con Bush en la segunda reunión de las cuatro bilaterales previstas para este año.
Para Moscú el tema clave sigue siendo la estabilidad estratégica, sea en el G8 o con Bush.
Una estabilidad para la cual comenzó la cuenta regresiva, luego del inicio de los test para el «escudo» y que Rusia interpreta como el abandono de hecho del tratado ABM. Putin advirtió que si Washington sale del ABM, Moscú instalará misiles nucleares múltiples Mirv sobre los misiles intercontinentales, subestimando el «escudo» incapaz de destruir un número ilimitado de ogivas.
El mandatario ruso está tratando de construir sobre el plano diplomático en Europa y en Asia una red de convergencia para evitar un degradación estratégica y un rearme costoso.
Además de China, convertida en más aceptable por la designación de sede olímpica, Putin apunta sobre todo a Asia central y la India, favorable al escudo pero preocupada por una reanudación de la carrera armamentista.
Por ese motivo el G8 adquiere una importancia que lo ha convertido de hecho en el «convidado de piedra» de la cumbre ruso-china de hoy.
Nadie nombró la cumbre de Génova, y China, se sabe, niega tener la aspiración de convertirse en su noveno miembro pero la agenda del G8 recuerda aquella, implícita o explícita, de Moscú: además del desarme y el escudo, los problemas de los países pobres –de los cuales China se siente defensora– los Balcanes y Medio Oriente.
También figura el tema de cooperación económica, mientras Pekín se prepara para ingresar a la Organización Mundial de Comercio (OMC) y Rusia lo quisiera.
El acuerdo con China tiene su costado flaco: no sancionó el fin completo del litigio de frontera, limitándose a una «aceleración» y a garantizar el status quo.
Sin embargo, el acuerdo resucitó otro fantasma, el del alma asiática de Rusia.
Moscú hizo del acercamiento a Europa y del diálogo con Estados Unidos las prioridades de su política exterior.
Pero la posible ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) amenaza con oscurecer las relaciones con la Unión Europea.
El escudo espacial dificulta un diálogo amplio con Washington. El Occidente podría, entonces, ser nuevamente sospechoso de querer contener a Rusia.
No por casualidad la iglesia ortodoxa vio en la reciente visita del Papa Juan Pablo II a Ucrania el instrumento de un eje antiruso Vaticano-Estados Unidos-Polonia.
La hipótesis tienen en cuenta las teorías de Zbigniew Brzezinski, el ex asesor para la seguridad de Estados Unidos que imagina a Ucrania como un estado almohadón entre Rusia y Polonia. *
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