El pariente de la reina Isabel y del rey Alberto de Bélgica
El rey Simeón II, vencedor de las elecciones legislativas en Bulgaria y quien ayer jueves decidió aceptar el cargo de primer ministro, encarna para los búlgaros la esperanza de un futuro más radiante y una vida política moral.
El presidente Stoyanov anunció que el domingo encargaría oficialmente a Simeón de Sajonia-Coburgo-Gotha la formación de un gobierno.
Políglota, de gestos suaves, Simeón de Sajonia Coburgo, pariente de la reina Isabel de Inglaterra y del rey Alberto de Bélgica, tiene 64 años.
Expulsado del país en 1946, cuando tenía 9 años, pasó la mayor parte de su vida exiliado en Madrid.
Sus promesas de «un cambio rápido del nivel de vida» y de una «moralidad» en política retumbaron con fuerza en un país donde el índice oficial de desempleo supera el 18% de la población activa.
Durante su campaña, prometió un aumento «inmediato y no simbólico» de jubilaciones y de algunos salarios, promesas calificadas de «populistas e irresponsables» por sus contrincantes.
«El rey es un patriarca con un partido. Su retórica es la de un dirigente más bien carismático que político. Es al mismo tiempo el rey Simeón II que inspira respeto, y el recuerdo nostálgico del pequeño Simeón», el niño exiliado, resumió el politólogo Ivan Krastev.
Este niño no era como los demás. Cuando nació, en 1937, se subió un punto todas las notas de los alumnos búlgaros y se amnistió a 4.000 prisioneros.
Rey a los 6 años, tras la muerte de su padre Boris III en 1943, Simeón II fue expulsado tres años más tarde con su familia tras un referéndum que instauró la República, y cuya legitimidad sigue cuestionando en la actualidad, juzgando que tuvo lugar «bajo ocupación soviética».
Apoyado por las familias reales de toda Europa, Simeón II, que nunca abdicó, estudió economía en Madrid y se casó con una aristócrata española, Margarita, con la que tuvo cinco hijos.
Trabajó en Consejos de Administración de varias compañías europeas y africanas.
Su nombre fue tabú durante los 45 años de comunismo, pero gracias a su discreción, tolerancia y patriotismo conquistó la simpatía de los búlgaros. El monarca siempre dijo: «El primer nombre en mis oraciones es el de Bulgaria» y «no busco venganza».
Su primer viaje de regreso a Bulgaria, en mayo de 1996, fue un triunfo. Cientos de miles de personas desesperadas por la grave crisis económica que atravesaba el país lo acogieron en las calles a gritos de «Â¡queremos nuestro rey!».
En 1998, le fueron restituidos los bienes de la familia real y recientemente se instaló en el palacio de Vrania, cerca de la capital Sofía.*
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