El infierno cotidiano de un concejal en el País Vasco

Pasajes, España, AFP

A unos días de las elecciones españolas del 12 de marzo, una enorme banderola sigue ocultando, y desde hace semanas, la mitad de la fachada de la alcaldía de Pasajes, en el País Vasco, proclamando: «Â¡Partido Popular: carcelero, nazi!», contrastando violentamente con la arquitectura tradicional del pequeño edificio de piedra.

Esta banderola es tan grande que tapa una gran parte de la puerta de entrada. «Tengo que agachar la cabeza para pasar por debajo», se queja Guillermo Sánchez-Berra, uno de los concejales del Partido Popular (PP, la formación de centro-derecha en el poder en España) en esta municipalidad de 17.000 habitantes gobernada por los independentistas vascos radicales.

En las calles de Pasajes, un agradable pueblo medieval en la entrada del puerto de San Sebastián, los turistas llegados desde la vecina Francia se detienen delante de los restaurantes de pescado bajo el sol de primavera que llegó este año por adelantado: «Amo profundamente esta tierra.

Es el sitio más maravilloso para vivir», explica Sánchez-Berra. «Pero en este país, si no eres nacionalista, puedes morir», agrega.

En las elecciones municipales de junio de 1999, Pasajes pasó del lado de Herri Batasuna (HB), el brazo político de la ETA. Los carteles de apoyo a los detenidos separatistas se multiplicaron. Es imposible hacer retirar la humillante banderola de la alcaldía.

Más aún cuando en diciembre la ETA rompió la tregua que observaba desde hacía catorce meses y asesinó a tres personas. La angustia invadió la vida de Guillermo Sánchez-Berra.

Como lo recuerdan en las paredes de Pasajes los dibujos en los cuales las dos letras «PP» aparecen en medio de un círculo rojo (como en un blanco para disparar), este empresario de 41 años, padre de dos hijos y árbitro internacional de hockey sobre césped en sus tiempos libres, se transformó como todos los representantes de su partido en una víctima potencial de la violencia separatista.

Pero «no tengo miedo. Sé vivir en alerta. Amo la vida con absoluta profundidad. Por nada del mundo me gustaría morir, y sobre todo que alguien decida que tengo que morir», dice.

A unos metros, el guardaespaldas de la Policía vasca que lo protege durante las 24 horas del día observa atentamente la conversación.

Si bien nunca fue agredido físicamente, los insultos y las amenazas son para él cosas de todos los días, principalmente durante las sesiones públicas del Concejo Municipal.

Vivir una existencia irregular y cambiar a menudo de itinerario es para él el mejor seguro de vida. Los separatistas «han montado una auténtica Gestapo que controla la población. Saben dónde vives, qué haces, con quién te encuentras», confirma su colega socialista Bixen Itxaso, también obligado a severas medidas de seguridad.

Y sin embargo, como a menudo en el País Vasco, donde las fronteras entre las corrientes políticas no son tan impermeables como parece, Guillermo Sánchez-Berra admite fácilmente que cuenta entre sus amigos con militantes del HB.

«Me considero tan vasco como el más radical de los independentistas. Además, como ocurre en todos los partidos, incluido el PP, hay varias tendencias: todos los de HB no son extremistas», dice.

Y cuenta: «Hace unos días estaba comiendo con dos íntimos amigos miembros de HB. Uno me dijo: ¿Guillermo, por qué no lo dejas? Fue el otro quien contestó: ¡Pero ya sabes que no lo puede dejar!».

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