El ex líder soviético enjuicia al Grupo de los Ocho

Génova y los retos mundiales

Esos encuentros (que antes se desarrollaban con un número menor de participantes) se celebran cada año desde la mitad de los años setenta, es decir, desde el momento en que la crisis petrolera de 1973 empujó a los países más industrializados del mundo, capitaneados por Estados Unidos, a reconocer la necesidad de coordinar sus pasos en la política y en la economía mundiales.

El G7 (o G8) con frecuencia es visto como un gobierno mundial no oficial. Parece que los propios líderes de EEUU y de los demás países se reconocen en esa definición, por lo menos cabe deducirlo de las declaraciones que hacen, al emitir juicios sobre el desarrollo del planeta y al decidir la política a escala mundial.

¿Pero es justo que se apropien de esa función? Según todos los criterios del derecho internacional, por el contrario, esas cumbres no gozan de la necesaria legitimidad. Al G8, en realidad, nadie le ha encomendado dirigir la comunidad internacional, decidir la política del mundo y tomar decisiones que determinan el destino de pueblos enteros.

No podemos negar que los miembros del G8 son las más importantes potencias internacionales económicas, militares y políticas. Esto impone una gran responsabilidad. Pero si esos países asumen el derecho de actuar como un gobierno mundial no oficial, entonces hemos de mirar bien lo que han hecho hasta hoy y lo que podrán hacer mañana.

¿Qué ha hecho este organismo en los últimos diez años, caracterizados por una globalización que, incontestablemente, ha agudizado las señales de la situación social y política del mundo?

Hoy es cada vez más evidente que la transformación de la globalización en el factor dominante del desarrollo mundial exige un nivel cualitativamente distinto de gobernabilidad del mundo. Las dimensiones de este problema no se corresponden con los medios –muy limitados– para resolverlos.

Instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio (OMC) no están a la altura de su tarea, no disponen de la necesaria legitimación democrática y expresan ante todo los intereses de los países ricos. Por lo demás, esos organismos no controlan las consecuencias de sus propias acciones y, por tanto, no están en condiciones de garantizar la gobernabilidad que los desafíos de la globalización exigen.

La comunidad internacional posee un instrumento apto para ello: la ONU. En la cumbre del Milenio, en setiembre de 2000, se habló mucho del papel y de las misiones de la ONU, de la necesidad de hacer más eficaz este organismo. Pero existen fuerzas influyentes que no están interesadas en potenciar la ONU e intentan más bien marginarla de la solución de los más importantes problemas internacionales. Cabe preguntarse si el G8 en la práctica no representa un obstáculo para la gobernabilidad mundial.

Resulta también evidente otra circunstancia: el mundo contemporáneo tiene necesidad de un diálogo entre las instituciones, incluidas las supranacionales, y la sociedad civil. La política de la desregulación, de la liberalización a ultranza, la esperanza en un mercado libre que automáticamente debería resolver los problemas: todo esto lleva a un callejón sin salida.

Esta política necesita unos correctivos sustanciales. ¿En qué dirección? La respuesta nos la aportan los movimientos que nacen en todo el mundo. Esos movimientos se han impuesto a la atención después de los acontecimientos de Seattle. Hoy resulta imposible ignorarlos. Creo que los participantes en la cumbre de Génova tendrán de ello una enésima prueba.

Forma parte de nuestros intereses comunes comenzar una discusión franca la gobernabilidad mundial. Para hacerlo, hace falta coraje, imaginación, creatividad, espíritu innovador.

Quisiera indicar los principios que, en mi opinión, han de dirigir un debate de ese alcance y de ese nivel. En primer lugar, a pesar de toda la variedad de culturas y de costumbres, todos nosotros formamos parte de una única familia, la humanidad. La supervivencia de ésta ha de plantearse por encima de cualquier otra consideración. Segundo, es preciso reconocer como sano sólo aquel desarrollo que no destruye el medio ambiente y que se realiza en el respeto de los derechos del hombre y de los principios de justicia económica y social.

La importancia de la cumbre del G8 en Génova está fuera de duda. Este encuentro pondrá a prueba la función y la responsabilidad de aquellos que nosotros llamamos líderes del mundo contemporáneo. La reunión del G8 confirmará su derecho a existir si logra dar respuesta a los retos de la historia, si es capaz de satisfacer la necesidad de un diálogo con la sociedad civil, con los grandes movimientos sociales, en nombre de la solución de los gigantescos problemas que toda la humanidad ha de afrontar en este momento. *

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