Aznar, un líder pragmático y serio

José María Aznar ha dado muestras, tras cuatro años en el poder, de ser un líder pragmático y serio, pero no ha conseguido imponerse como una figura carismática a imagen de su predecesor a la cabeza del gobierno español, el socialista Felipe González.

Casado y padre de tres niños, José María Alfredo Aznar López, que acaba de cumplir 47 años es, según todas las encuestas, el político mejor valorado por los españoles.

El presidente del Partido Popular (PP, conservador) es apreciado por su gestión rigurosa, sus éxitos económicos y su imagen simple y austera.

Bajo, más bien tímido, con aire de Chaplin por su bigote y su sonrisa a menudo forzada, es un orador mediano que nunca logra desencadenar el entusiasmo de las masas, contrariamente a Felipe González, su antítesis total, quien ha sido denominado el «encantador de serpientes».

Esta falta de carisma le deja indiferente. «No soy un esclavo de la imagen y no quiero serlo. Hoy los liderazgos políticos modernos requieren dirigentes más estrictos, más rigurosos, que hablen menos y actúen más», explica.

Aznar, católico practicante, pertenece a una familia acomodada y tradicional: su padre y su abuelo –un amigo de Franco– eran periodistas y diplomáticos. Nació en uno de los barrios más burgueses de Madrid (Salamanca) y asistió a las clases del famoso colegio religioso de «El Pilar».

A los 26 años, tras haber terminado sus estudios de derecho y conseguir una plaza de inspector de hacienda, ingresó en la política afiliándose, al mismo tiempo que su esposa, Ana Botella, a la Alianza Popular (AP), que en 1989 se convirtió en el PP (Partido Popular).

Comenzó entonces una carrera «meteórica» que estuvo a punto de acabar abruptamente en 1995 a raíz de un atentado con coche bomba –perpetrado por los separatistas vascos– del que salió milagrosamente indemne.

En 1979 fue nombrado secretario general de AP en la región vitícola de La Rioja (norte) y tres años después fue elegido diputado, tras la llegada al poder de los socialistas. En 1987, se convirtió en el presidente de la comunidad autónoma de Castilla y León (noroeste) y en 1990, a los 37 años, tomó las riendas del PP.

En ese momento, José María Aznar, que hasta entonces había mantenido unas

convicciones políticas muy de derecha –en la universidad admiraba a la falange–, se dio cuenta rápidamente que su partido, que sólo contaba con el apoyo del 25% del electorado, únicamente podría derrotar a un Partido Socialista hegemónico modernizándose en todos sus aspectos.

Tras apartar a todos los viejos caciques más ligados al franquismo, colocó en todos los puestos importantes a jóvenes «lobos» que le son totalmente fieles. Es de allí, de donde sacará a sus ministros cuando llegue al gobierno en marzo de 1996 con el 39% de los sufragios.

La renovación de los cuadros se complementó con una modernización del discurso político: el PP abandonó poco a poco las viejas ideas de la derecha tradicional, anunciándose como «un gran partido de centro».

Desde 1996, el «viraje al centro» del PP se ha acelerado: este partido se proclamó «centro reformista» y Aznar, uno de los últimos líderes conservadores de la Unión Europea (UE) donde la izquierda está en el poder en casi todos los países, presenta la renovación de su partido como un modelo a seguir por una derecha europea debilitada.

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