Rumbo a la Casa Blanca
En tanto, se preparan las sepulturas de las carreras iniciadas por sus respectivos rivales, Bill Bradley y John McCain.
En dos meses se modificó el panorama y ambos candidatos intercambiaron los roles.
Bush comenzó con mucho dinero su campaña y con la promesa de reformar el Partido Republicano hacia una fuerza moderada de gobierno.
Ahora se encuentra con las arcas casi vacías y con las manos atadas al aparato tradicional partidario que lo ayudó a aplastar las aspiraciones de su adversario McCain.
Gore, por su parte, un vicepresidente en busca de identidad, había sido dejado de lado el año pasado y por años, vivió a la sombra de Bill Clinton, en una Casa Blanca contaminada por los escándalos y las intrigas.
Para colmo de males, tampoco tenía la actitud hábil ni la suerte de su jefe.
El Partido Demócrata consideraba a Gore como un candidato inevitable pero un presidente improbable. Ahora levanta la cabeza.
Las elecciones en Estados Unidos son como una partida de ajedrez y gana quien ocupa el centro del tablero y resta capacidad de maniobra al adversario.
En 1992, Bill Clinton emergió ante los republicanos presentándose como un demócrata de un nuevo estilo, atento a las exigencias de Wall Street y resuelto a luchar contra la criminalidad.
Durante ocho años sus contrincantes participaron del juego.
Se dejaron arrastrar en batallas impopulares por el tribuno de la derecha radical, Newt Gingrich, como la acusación contra Clinton por los escándalos sexuales, que la mayoría del pueblo estadounidense le había perdonado.
Parecía que George Bush hijo había aprendido la lección e inventado la representación del personaje de un «republicano compasivo», atento a las necesidades de la gente.
Daba a entender que si llegara a la Casa Blanca evitaría los golpes en la cabeza y una depuración, mientras que sobre la revolución de derecha prometía una sucesión sin escándalos.
Sin embargo, cometió un error: no previó la revuelta del gran norte.
Los estados posindustriales de la nueva Inglaterra que quedaron marginados de la prosperidad del país, soportaron las dificultades de los precios del petróleo y la disminución de los gastos militares que daban oxígeno a esa economía.
Todo ese contexto generó un malestar que se puso de manifiesto en el voto a John McCain, el candidato de la ruptura.
Finalmente, el temor de Bush lo llevó a refugiarse en los brazos de los mismos conservadores de los cuales quería diferenciarse y para frenar el empuje de su rival, se colocó en el centro.
En tanto, Al Gore sin hacer nada y gracias a los errores del adversario, se encuentra de nuevo en posición de fuerza.
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