Bush busca consenso para sus iniciativas con los líderes del G-8
A través de la misión realizada en Europa a mediados de junio y los encuentros con su colega ruso, Vladimir Putin, en Eslovenia, y con el premier japonés, Junichiro Koizumi, ayer en Camp David, Bush –observó ayer la prensa norteamericana– tuvo la ocasión de reunirse personalmente con todos los protagonistas del G-8.
También hizo lo propio, en varias ocasiones, con el premier canadiense Jean Chretien.
El Washington Post dedicó un extenso artículo a la «diplomacia bilateral» de Bush y consideró que el mandatario obtuvo resultados positivos: logró entablar contactos con los interlocutores y ablandó, en cierto modo, las reservas de Europa y Rusia sobre el escudo espacial.
Además, el sábado obtuvo de Koizumi la garantía de que Japón no insistirá en el protocolo para la reducción de las emisiones del anhídrido carbónico (CO
«Mantengo aún la esperanza de que Estados Unidos pueda encontrar una alternativa que respete el espíritu del acuerdo», sostuvo el premier.
El texto de Kyoto fue suscrito en 1997 por 168 países pero todavía no fue ratificado por ninguna de las naciones grandes.
En tanto, Bush hizo más concesiones en palabras que en hechos.
Por ejemplo, a Putin le prometió consultas de pares, como si todavía existiera una súper potencia, y a Koizumi le dio el aval al programa de reforma económica diseñada por su gobierno.
«El presidente expresó su apoyo y aliento a nuestras reformas», dijo satisfecho el premier nipón, recibido en Camp David, como había ocurrido, hasta ahora, sólo con el premier británico, Tony Blair.
«Hemos impulsado medidas alentadoras y flexibles y no hay que preocuparse de que desatemos una recesión global», añadió.
Contra todas las previsiones, Bush –cuando se prepara a cumplir seis meses de su mandato el 20 de julio en medio de la cumbre del G-8– aparece frente a sus connacionales como el líder más concreto en los frentes internos y externos.
La fisura política que había marcado su elección continúa «atormentando» su gestión, afirmó el periódico, sobre todo, luego de que los demócratas tomaran el control del Senado y lo persigan por el medio ambiente y el escudo.
A tal punto que ya se habla de una estrategia de imagen para corregir las percepciones de la presidencia.
La diplomacia sumamente atenta le resultaría mejor a Bush –según la prensa de su país– con los líderes extranjeros y los interlocutores estadounidenses.
Aun cuando la cuestión pueda resultar singular, visto los instrumentos utilizados: con Blair, Bush descubrió compartir el dentífrico, con Putin, la elección de los nombres de las hijas (ambos les dieron el de las abuelas), con Koizumi, la pasión por el beisbol (frente a las cámaras se lanzaron pelotas).
Un poco pobre para construir sobre una solidaridad política y, quizás, también una relación personal.
Pero quien estaba en Lubiana y Camp David asegura que «la corriente pasó, entre líderes, en el fondo, todos son nuevos y necesitados de conocerse». *
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