Roma hace su "mea culpa"
Para presentar la iniciativa y un documento que explica su fundamento teórico y teológico, estaban presentes hoy en la sala de prensa de la Santa Sede algunas de las figuras mayores de la Iglesia, encabezados por el celoso guardián de su ortodoxia dogmática, el cardenal Joseph Ratzinger.
«El cuerpo de la Iglesia está lleno de cicatrices y de prótesis, sus oídos están llenos de ese canto del gallo que evoca la negación, su carné repleto de citas a las que faltamos por negligencia o cansancio», dijo el cardenal Roger Etchegaray, presidente del Comité Central del Jubileo.
El prelado francés agregó sin embargo que este pedido de perdón no puede transformarse en «una autoflagelación espectacular».
Es así que Ratzinger sostuvo que «la Iglesia no puede erigirse en tribunal del presente sobre los pecados del pasado» sino más bien «confesar con franqueza y confianza los pecados presentes y pasados».
La purificación del «mea culpa», agregó Ratzinger, nace de la fuerza reveladora de la verdad, lo que conlleva que no se puede «negar todo el mal cometido por la Iglesia, pero tampoco atribuirse pecados sobre los cuales no existe certeza histórica».
«Este acto de autopurificación sirve para volvernos más creíbles ante el mundo, y aunque nuestros contemporáneos saben que hemos hecho el mal aún sin nuestra confesión, lo que cuenta es el don de la reconciliación: llegar al mundo como personas de buena voluntad, que desean reconciliarse con sus hermanos», aclaró el cardenal alemán.
Es por ello, apuntó por su parte el teólogo Georges Cottier, que el documento presentado ayer –«Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado»– «no es una declaración del Magisterio de la Iglesia, sino más bien una invitación a profundizar las problemáticas planteadas».
Al respecto, Etchegaray afirmó la importancia de llevar a cabo esta «purificación de la memoria» no a través de un trabajo histórico o teológico –que ha sido llevado a cabo de forma paralela– sino a través de un momento litúrgico.
Ese decir, se busca hacerlo como una etapa en el curso del desarrollo del culto, que no por casualidad ha sido situada en el primer domingo de Cuaresma, el tiempo litúrgico asociado con la penitencia y el perdón.
El pedido de perdón en sentido estricto, dijo Ratzinger, es parte de la liturgia que cada domingo se celebra en todas las parroquias, ya que el «confiteor» que abre la misa es «una aceptación personal de la responsabilidad del pecado, pero a la vez un acto público de cada fiel ante Dios, en presencia de sus hermanos».
Es por ello, agregó, que la Jornada del Perdón que Juan Pablo II celebrará el domingo es «un gesto nuevo» y sin precedentes en la historia de la Iglesia, pero también un «gesto de profunda continuidad» con la tradición litúrgica católica.
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