Un día como hoy moría Stalin en el Kremlin
«Stalin murió». Un despacho de la AFP es el primero en alertar al mundo el 6 de marzo de 1953, un poco más de seis horas después de la muerte del dictador, ocurrida oficialmente la víspera, a las 21H50 locales.
La emoción es considerable: «Espero que entremos en un nuevo período de la historia que dará la libertad al pueblo ruso, primera víctima de la dictadura totalitaria comunista», declaró inmediatamente desde Nueva York Alexander Kerenski, quien sin embargo, como jefe del gobierno provisorio ruso, había liberado a Stalin en 1917.
Pero al principio, lejos de reclamar su libertad, la gran mayoría de los soviéticos están destruidos, o al menos lo parecen, por la muerte a los 73 años de Iosif Vissarionovitch Djugatchvili, apodado Stalin (hombre de acero). La mayoría ignora todavía los monstruosos crímenes cometidos por ese hijo de zapatero georgiano convertido en camarada de Lenin. Para ellos, el «padrecito» es ante todo el que ganó la «gran guerra patriótica» contra la Alemania nazi.
Muy pronto, el rumor se expande de que Stalin fue asesinado. Los precedentes habían sido tan numerosos en la historia del país que los rusos no pueden creer que se trate de una muerte natural.
Por otra parte, unos meses antes de la muerte del dictador, la detención de Alexander Proskrebychev, su secretario personal durante 25 años y luego la del coronel Nikolai Vlassik, jefe de su seguridad personal, también desde hacía 25 años, agudizaron el clima de paranoia que el terror stalinista contribuyó a instaurar.
En realidad, la verdadera muerte de Stalin –esta vez política– se produjo tres años más tarde, durante el XX Congreso del Partido comunista de la Unión Soviética (PCUS), con las espeluznantes revelaciones de Nikita Kruschev. Desorientados, los delegados y luego el mundo entero descubren la magnitud del desastre.
Purgas gigantescas
Al suceder a Lenin en 1924, Stalin está totalmente decidido a recuperar en 10 años «los 100 años de atraso de la URSS respecto a los países desarrollados». Colectiviza la agricultura con una increíble ferocidad, eliminando por medio de ejecuciones o del hambre a al menos cinco millones de campesinos.
La creación de una industria estatal también es realizada a marcha forzada. Si los objetivos del Gosplan –que cuenta con medio millón de funcionarios– no son alcanzados, las sanciones pueden llegar hasta la muerte. Los campos del Gulag se llenan de hombres opuestos a estos métodos coercitivos. De 1934 a 1938, se extiende el período de las gigantescas purgas, que afectan a todo el pueblo soviético, aunque durante largo tiempo los historiadores señalaron principalmente las liquidaciones en el seno del PCUS y del Ejército Rojo. Unos 35.000 oficiales –de un total de 70.000–entre ellos el mariscal Tukachevski, uno de los organizadores del Ejército, fueron liquidados.
La segunda guerra mundial y el heroísmo de los soviéticos, permiten a Stalin rehacer su imagen. La URSS reencuentra su lugar en el mundo, mientras que el «gran conductor» es más poderoso que nunca.
Pero el «aparatchik» a quien Trotski calificó de «la más eminente mediocridad del partido», recae pronto en sus sangrientas purgas. Como en los años 20 y 30, encontrando conspiradores por todas partes, Stalin elimina o neutraliza a sus enemigos reales o supuestos. Paradojalmente, este hombre todopoderoso, que aterrorizó a decenas de millones de hombres, fue incapaz de controlar la agitada vida sentimiental de su hija Svetlana, o la tendencia irreprimible hacia el alcohol de su hijo.
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