Kissinger y el golpe de Pinochet
Por Niko Schvartz
El defensor de las familias francesas alegó que Kissinger podía aportar elementos que contribuyeran a esclarecer las desapariciones, y acotó que no se proponía «examinar las responsabilidades estadounidenses en el golpe de Estado de 1973″. Pero, prudentemente, el interpelado se cerró a la banda.
Nixon y Kissinger, ITT y Braden Copper
Hoy ha quedado establecido con superabundancia de pruebas, que lo que se descargó sobre Chile el 11 de setiembre de 1973 fue el golpe de Estado de Nixon y Kissinger, de la ITT y la Braden Copper, o sea, de la trasnacional de las telecomunicaciones con matriz en EEUU y la compañía cuprera yanki nacionalizada al comienzo del gobierno de Salvador Allende. La CIA intervino, organizó y pagó la huelga de los camioneros que desabasteció el país y creó el clima propicio al golpe de los comandantes de las tres armas y del felón general Mendoza.
El año pasado fueron desclasificados y publicados en EEUU unos 16.000 documentos, en su mayoría del Departamento de Estado y de la CIA, sobre el período de la dictadura de Pinochet. Varios de ellos están firmados por el propio Kissinger, nombrado secretario de Estado por Nixon en su segundo (y truncado) período, en reemplazo de William Rogers. Esta designación, que por primera vez recaía sobre un ciudadano no nacido en Estados Unidos, se produjo en agosto de 1973, es decir, en el mes previo al golpe chileno. Kisinger se dedicó con alma y vida a instrumentarlo.
Su obsesión contra Allende venía de antes, en rigor desde el mismo día en que la Unidad Popular ganó la elección de setiembre de 1970. Está la mano norteamericana en el complot que segó la vida al general René Schneider, comandante en jefe del ejército, destinado a impedir que Allende asumiera la presidencia. En esa época, y desde 1969, Kissinger se desmpeñaba como asesor de seguridad nacional de Nixon (cargo en que habría de ser sucedido por Zbigniev Brzezinski cuando pasó a la cancillería). El 15 de octubre de 1970 se realizó una reunión en la Casa Blanca entre Kissinger como asesor de seguridad, su adjunto el general Alexander Haig y el vicedirector de Planificación de la CIA, Thomas Karamessines.
Los «top secret» desclasificados
A esa reunión se refieren varios de los documentos «top secret» desclasificados (en parte, porque la CIA impuso numerosas tachaduras). Según el memorándum, Kissinger planteó su deseo de que «nuestro aliento a las fuerzas armadas chilenas en semanas recientes fuera mantenido tan secreto como sea posible» y afirmó que la CIA debía intensificar la presión sobre Allende en todos los puntos débiles. Al día siguiente, Karamessines envió al jefe de la «estación» en Santiago una guía operativa, que en su punto 2 establece: «El derrocamiento de Allende por medio de un golpe de Estado es nuestra política firme y continua. Sería muy preferible que esto sucediera antes del 24 de octubre. Debemos continuar generando el máximo de presión para lograrlo y utilizar todos los recursos apropiados. Es imperativo que estas acciones sean implementadas clandestina y seguramente para que la mano del gobierno norteamericano siga bien oculta».
Las maniobras fracasaron. Ya con Allende en La Moneda, un informe de seguridad nacional redactado por Kissinger a fines de 1970 decía que «Estados Unidos buscará maximizar la presión sobre el gobierno de Allende para impedir su consolidación y limitar su habilidad de implementar políticas contrarias a los intereses estadounidenses y hemisféricos». Recomendaba mantener contactos con gobiernos clave en Latinoamérica para que adoptasen posiciones análogas, así como «establecer y mantener relaciones cercanas con líderes militares favorables en el hemisferio».
El Plan Cóndor
Esta política se siguió aplicando, hasta desembocar en el golpe de Estado. En una reunión con Nixon el 11 de junio de 1971, Kissinger expuso su plan sobre Chile, a ser aplicado por varias agencias del gobierno sobre la base de dos variantes: o bien reinstalar en la presidencia al democristiano Eduardo Frei, o habilitar «la promoción de un golpe de Estado». Los detalles figuran en el libro de Peter Smith «Los talones del águila», referido a las relaciones de EEUU con América Latina. Nixon se pronunció por medidas que asfixiaran la economía chilena, tal cual consta en los registros de las 400 horas de conversaciones del presidente con Kissigner en la Casa Blanca entre febrero y julio de 1971, cuyo secreto se levantó a fines de 1999.
Poco después del 11 de setiembre de 1973, el agregado naval de la embajada estadounidense en Santiago, Patrick Ryan, informaba a Washington que «el golpe en Chile fue casi perfecto». En el período inmediato comenzó a articularse el Plan Cóndor, la coordinación represiva de las dictaduras militares conosureñas, abarcando a Paraguay, Argentina, Uruguay, Brasil, Chile. La CIA se involucró de lleno en dicho operativo. De todo esto sabía mucho Kissinger, que en 1973 había sido asesor de seguridad nacional y luego secretario de Estado, y siguió en este último cargo en 1974 (con Gerald Ford como presidente, tras la renuncia de Nixon) hasta la asunción de Carter en enero de 1977. Muchos años después la secretaria de Estado de Clinton, Madeleine Albright, lamentó los «errores» cometidos por EEUU respecto a Chile y al Plan Cóndor, pero ya se sabe que esto no es más que un intento de borrar las huellas.
El juez francés Roger le Loire quería interrogar a Kissinger precisamente sobre el Plan Cóndor, en cuyo marco se había producido la desaparición de sus compatriotas bajo la dictadura de Pinochet.
Los compadres
Kissinger se escabulló. No quiso quemar a su compadre. Lo defendió como hizo Estados Unidos con todos los dictadores que prohijó en América Latina (los «hijos de puta bien nuestro» al decir de F. D. Roosevelt), y como obró él personalmente con el sha de Irán. Pero el genocida Pinochet no podrá escapar. Hoy está como un reo (aunque maniobre para no sacarse las fotos y «tocar el piano») ante la Justicia chilena y la conciencia del mundo.
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