Los pobres del mundo
la vez, se cerró a cualquier solución al candente tema de la deuda externa.
Con participación de 157 países, la Conferencia se extendió por una semana y se clausuró el domingo 20. El mismo día se realizó una manifestación de 20.000 personas en la capital belga, auspiciada por sindicatos, movimientos sociales y organizaciones de ayuda mutua, en defensa de los pobres y los excluidos (jubilados, enfermos, desocupados) y de los derechos sociales conquistados y hoy amenazados.
El abismo excavado
De los 49 países más pobres, con 630 millones de habitantes, 33 pertenecen a Africa. En los 2/3 de los países africanos, el rédito per cápita no alcanza siquiera 500 dólares anuales. Estos 49 PMD reciben apenas el 0,5% de las inversiones mundiales. La ayuda pública para su desarrollo está ahora al nivel más bajo desde 1970.
Además de los problemas del hambre, la pobreza y el desempleo sufren epidemias como el sida, agravadas por la conducta infame de las transnacionales del medicamento.
El número de estos PMD se duplicó durante la década de los 90. Se alejan cada vez más del Primer Mundo, configurando ya no un tercero, sino un cuarto mundo. Como dijeron las cientos de ONGs del Norte y del Sur reunidas en Bruselas en forma paralela a la Conferencia: «El abismo norte-sur se excava cada vez más profundamente».
El talón de hierro
Un tema fundamental planteado en la reunión fue el de la deuda externa. Existe conciencia a nivel mundial de la necesidad imperiosa de condonar la deuda externa de los países más pobres, que asciende a 154 millones de dólares. Mucho se habló al respecto en los últimos años, se formularon propuestas diversas, pero nada se decidió, y ahora en Bruselas tampoco. Al contrario. A ese respecto, «la decepción es total», señaló en nombre del Foro de las ONGs el haitiano Camille Chalmers, y agregó que «los beneficiarios vieron cómo los servicios de su deuda (el pago de intereses) aumenta, y correlativamente el sobreendeudamiento se agrava».
Las múltiples medidas proteccionistas que traban el acceso de las mercancías del sur a los países del norte han llegado a un grado tal que merecieron observaciones (de labios para afuera) incluso al Banco Mundial y a la OMC. En el caso de los países más pobres, esto llega a proporciones escandalosas. Las barreras comerciales de Canadá le cuestan a los PMD cinco veces más que la ayuda recibida, al tiempo que las restricciones norteamericanas los afectan en 1.100 millones de dólares anuales, casi equivalente al volumen de la presunta ayuda.
Vienen luego el carácter leonino y los condicionamientos de los préstamos. En tal sentido el ministro de Finanzas ruandés, M. Kaberuka, expresó que las condiciones planteadas por los prestamistas eran demasiado estrictas y que de las misiones de evaluación de los expertos derivaban pesadas imposiciones a los países prestatarios. En las palabras, ello obtuvo el apoyo de la ministra de Desarrollo de Holanda, M. Herfkens, y se prometió aliviar estas condiciones en sucesivos programas de asistencia y evitar los «préstamos atados», que obligan a comprarle al prestatario.
En el Foro alternativo de las ONGs se sostuvo que la falta de decisiones positivas en la cumbre de la ONU refleja la correlación de fuerzas mundiales, extremadamente desfavorables a los países en desarrollo y sobre todo a los PMD, los cuales temen levantar la voz por temor a las medidas de retorsión de los países ricos. El comisario europeo responsable del desarrollo prometió que dentro de 10 años el número de los PMD habrá bajado. Vivir para ver. Pero, como trasfondo, es todo el sistema de dominación mundial capitalista en su variante neoliberal lo que está en entredicho. En lo inmediato, la película continúa en la reunión de la OMC en noviembre próximo en Doha, c apital de Qatar.
En nuestra América
Este fenómeno es mundial, atañe por ende a nuestra América. El presidente del BID, Enrique Iglesias, dijo en la reunión del organismo efectuada en marzo en Santiago que 220 de los 500 millones de latinoamericanos viven en estado de pobreza, y entre ellos, de 80 a 100 millones en la indigencia. Ahora acaba de agregar, en Montevideo, que «nuestra región está atravesando por un período con tasas de desocupación abierta como no se habían visto en mucho tiempo» y que la perspectiva es aun más sombría: una caída en el nivel de actividad en los próximos años y una continuidad en el problema del desempleo que está sistemáticamente en aumento en nueve países del continente, Uruguay incluido (y lo dijo antes del cierre de Sudamtex, el envío de miles de trabajadores de los frigoríficos al seguro de paro, de la desocuapción entre los trabajadores rurales, etc.). Según la OIT, en el mundo un tercio de la fuerza de trabajo está desocupado. En Argentina, el 53% de los menores vive en hogares pobres, cifra que en el nordeste se eleva a 7 de cada 10. En el año 2000 el índice era 49%. Una enorme variedad de lucha de masas se despliega para enfrentar el hambre y la desocupación: corte de rutas, manifestaciones, reclamo de alimentos en los supermercados y de restablecimiento de los planes de ayuda, que se suman a las luchas de movimientos de masas contra la suba de tarifas en países como Ecuador, Bolivia y otros. En suma, es un continente que hierve en la brega contra el hambre y la pobreza.
Con el agregado de que América Latina se ha transformado, revirtiendo una tendencia secular, en una tierra de emigración masiva para millones de compatriotas.
El reino de la hipocresía
Mutatis mutandi, el problema llega a los propios Estados Unidos, donde Bush reconoce que 12 millones de niños viven en la pobreza, mientras la desocupación se extiende, grandes empresas arrojan al personal a la calle y parece revertirse el ciclo de crecimiento económico. También influye el corte de los servicios sociales, consustancial a su proyecto presupuestal.
Pero el presidente tiene la solución. En un discurso leído en la Universidad de Notre Dame, estado de Indiana, exhortó a los estadounidenses a emplear «las armas del espíritu» en ayuda de los pobres, y propuso que organizaciones caritativas como las vinculadas a la iglesia, provean de servicios esenciales a los más desamparados.
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