El Papa pide paz en las alturas del Golán
Siria, ANSA
En el cuarto día de su viaje siguiendo las huellas de San Pablo –que comenzó en Grecia el viernes 4 y concluirá en Malta el miércoles 9–, en una iglesia semidestruida en la pequeña ciudad de Quneitra, al margen de la zona ocupada por Israel desde 1967, el Papa rezó en una pequeña tarima de madera levantada en un mar de escombros.
A su llegada la multitud que se había reunido desde las primeras horas de la mañana comenzó a cantar. Eran miles presentes y muchos de ellos eran refugiados de guerra cristianos que antes de la ocupación poblaban la zona en un cuarenta por ciento.
Pero también había musulmanes de las diversas confesiones: sunnitas, chiítas, drusos. Entre la gente circulaban decenas de cascos azules del contingente de la ONU que desde 1974 vigila la zona, el Undof.
En cuanto el Pontífice bajó del papamóvil se escucharon gritos de bienvenida en varios idiomas mientras las mujeres musulmanas, cubiertas por el velo islámico, lanzaban el característico sonido gutural en señal de alegría.
Por todas partes se ven los escombros de la «ciudad mártir» de las «estratégicas» alturas.
Antes de que los israelíes la invadieran en 1967 vivían en Quneitra 53.000 personas. Seis años después, en 1974, las fuerzas israelíes se desplazaron un kilómetro más atrás, pero antes, sistemáticamente, destruyeron con dinamita las casas, las mezquitas y hasta el hospital.
Hoy volvió la vida entre los escombros, que los sirios custodian como «museo de la destrucción sionista».
Cuando los altoparlantes llevaron al exterior de la iglesia las palabras del Pontífice se hizo silencio. El fuerte viento agitaba centenares de banderas sirias y vaticanas, una de Palestina y una del movimiento radical islámico Hezbolá, amarilla con un puño que levanta una metralleta hacia el cielo.
La multitud escuchó al Papa invocando a Dios «por todos los pueblos de Medio Oriente» para que los ayude «a derrumbar los muros de la hostilidad y de la división».
Cuando después el Pontífice subió sonriendo y bendiciendo a un pequeño palco frente a las paredes ennegrecidas del exterior de la iglesia, el cordón de policía no logró contener el entusiasmo de la multitud, que lo rodeó.
Una niña, Lip Dougauz, logró llegar al lado del Papa y se lamentó de que «el enemigo» destruyó «así, salvajemente» su ciudad. Pero hoy, agregó «estamos muy felices de verlo aquí. Tenemos confianza en que Su Santidad devuelva la vida a esta ciudad».
«El Papa es un hombre de paz, un símbolo, nosotros auspiciamos que rece por nosotros, en cualquier lugar; nos ayuda a mirar el futuro», dijo mirando al Papa que subía a su automóvil Fuad Mounzir, un refugiado druso de 58 años, cuya familia se quedó detrás del alambre de púa en una de las cinco aldeas del Golán bajo ocupación israelí, donde viven 17.000 israelíes.
«Estamos en contra de la guerra, queremos que nos sea restituida nuestra tierra, pero con medios pacíficos. Esperamos que la visita del Papa nos ayude a hacer entender esto al resto del mundo», dice a su vez Mohammad al–Husseini, un sunnita.
«En esta zona hay pocos incidentes, el problema son las minas. Hace tres días un pastor fue gravemente herido por el estallido de una mina. Espero que esta visita traiga un poco de luz al corazón de la gente, aunque el conflicto continúa desde hace muchos años.
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