Los socialisatas franceses 20 años después

París, ANSA

 

A veinte años de la llegada al poder en Francia del socialista Francois Mitterrand, la izquierda local discute la herencia de esa crucial victoria y de ese controvertido y enigmático presidente.

Entre los ex pupilos de Miterrand se encuentra el actual primer ministro, Lionel Jospin, quien se suma a las celebraciones programadas para el 10 de mayo, en recuerdo del triunfo del candidato de la «gauche» (izquierda) en las elecciones presidenciales de 1981.

La celebración de esa victoria en las urnas incluye festejos en las calles y un concierto en la Bastilla.

Jospin, por su parte, participará en un debate conmemorativo sobre el tema: «¿La política puede cambiar al mundo?.

El premier francés reconoce a su antiguo maestro el mérito de «haber reconstruido en gran forma la unión de la izquierda» y reivindica todavía el «derecho de inventario» sobre la extensa y compleja época (14 años) durante la cual, gracias a Mitterrand, la izquierda tuvo las llaves del Eliseo.

Tanta circunspección por parte de Jospin es más que comprensible: luego de la muerte, en 1996 y a los 80 años como consecuencia de un cáncer, Mitterrand –reverenciado y temido en vida (no por casualidad lo llamaban «Dios» por semblante monárquico o «El Florentino» por su desprejuiciado maquiavelismo)– tuvo siempre mala prensa. Las biografías más recientes de Mitterrand sacan a la luz las facetas más inquietantes de «Dios», convertido verdaderamente a la izquierda –si bien jamás lo fue– sólo después de la llegada al poder del general Charles de Gaulle en 1958.

Frente a esas biografías parece poco importante que Mitterrand haya unido y llevado a la victoria a un Partido Socialista y a una izquierda fragmentados, y resulta escasa relevancia que haya tenido un rol clave en la modernización de Francia y en el proceso de la integración de Europa.

Por otra parte, resultan en gran medida devastadoras las revelaciones sobre la actividad del ex presidente galo junto al general Henri Petain en la Francia filo-nazi de Vichy.

Tampoco es fácil olvidar que desde posiciones de extrema derecha en la década del 30 fue un rabioso enemigo del Frente Popular o que en los años 50 fue ministro de Justicia y autorizó las más violentas represiones francesas en Argelia.

Desenvuelto hasta el cinismo más absoluto, sin una auténtica brújula ideológica, el mefistofélico ex presidente de la «gauche» salió con los huesos rotos por revelaciones realizadas por algunos de sus colaboradores más cercanos.

Además, un reciente libro escrito por un amigo –que se basó en conversaciones confidenciales– lo muestra como un antisemita. En efecto, lo poco que le restaba de fama y de respeto se disipó el pasado mes de diciembre cuando Jean Christophe Mitterrand, su hijo primogénito, fue arrestado por una turbia historia de tráfico de armas en Africa y coimas millonarias: el escándalo pareció confirmar que la corrupción se instaló en el Eliseo en los años en que, desde lo alto de una refinadísima inteligencia y adecuada cultura, «El Florentino» reinaba en el Hexágono. «Miterrand liquidó la virginidad moral de la izquierda», denunció en estos días el alcalde de Montpellier, George Freche, uno de los pocos socialistas que no esperó la muerte de «Dieu» («Dios») para criticarlo.

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