Sandinistas. Sólo dos de los nueve ex comandantes guerrilleros siguen junto al presidente

Nicaragua celebra la revolución de 1979 con Ortega en el poder

La gesta del 19 de julio será recordada, con un masivo acto en Managua, por dirigentes, ex guerrilleros y simpatizantes del gobernante Frente Sandinista (FSLN, izquierda) que Ortega, de 64 años, dirige con mano de hierro.

Ortega presidió junto a ocho comandantes el gobierno revolucionario socialista que se instauró tras el derrocamiento del dictador Anastasio Somoza, último descendiente de una dinastía de 42 años que bombardeó ciudades, encarceló, torturó y ejecutó a miles de nicaragüenses.

«A mí me torturaron con chuzos eléctricos, amenazas, lo más cruel para mí fue pasar cinco días encapuchada y desnuda» para que revelara donde se escondían los guerrilleros y las armas, pero «nunca revele» nada, dice a la AFP Vilma Núñez, ex militante sandinista, que ahora dirige un organismo de derechos humanos.

Otros fueron lanzados vivos dentro del cráter del Volcán Mayasa, 20 km al sur de la capital, o encerrados en celdas subterráneas, en su mayoría jóvenes sospechosos de apoyar a los rebeldes, sobre todo a partir de 1974, según los historiadores.

Cuando el 19 de julio de 1979 las columnas guerrilleras del FSLN entraron triunfantes a Managua, el pueblo se volcó lleno de esperanzas a las calles a festejar su victoria, en el viejo centro de la capital, ahora plaza de la Revolución.

Los sandinistas iniciaron un proceso de transformaciones políticas y económicas con una reforma agraria, jornadas de alfabetización, abrieron espacios de participación, masificaron la salud y la educación.

«La Revolución tuvo cosas muy positivas» como reducir el analfabetismo y «la población adquirió más conciencia de sus derechos y mayor disposición de participar en la vida pública», señaló el analista político Carlos Tünnermann.

Para Víctor Tinoco, ex vicecanciller del gobierno revolucionario, la «herencia» más importante es el espíritu «de lucha por la justicia social y las libertades» que aún conservan los nicaragüenses.

Pero el apoyo que la revolución recibió el extinto bloque socialista generó un conflicto con Washington que impuso un bloqueo económico y patrocinó a la Contra (contrarrevolucionarios), lo que convirtió a Nicaragua en un campo de batalla.

El FSLN decretó un estado de emergencia permanente, reclutó miles de jóvenes para enfrentar la guerra, coartó las libertades públicas, confiscó bienes y reprimió a sus detractores, hasta que en 1990 Ortega perdió los comicios frente a la derecha, dejando al país en ruinas y con cerca de 50.000 muertos.

Los sandinistas decidieron entonces «gobernar desde abajo» y comenzaron desde la oposición a pactar espacios de poder con los gobiernos derechistas hasta que Ortega logró retornar al poder en 2007.

En su actual gobierno Ortega ha logrado establecer buenas relaciones comerciales y de cooperación militar con Estados Unidos, sobre todo en la lucha contra el narcotráfico, al margen de las críticas que hace al «imperialismo».

No obstante, sigue sin cumplir la promesa de sacar a los nicaragüenses de la pobreza, que afecta a la mitad de sus 5,7 millones de habitantes, ni superar el desempleo que agobia a la población.

Hoy, muchos protagonistas de la Revolución, como Núñez y Tinoco, están en la oposición y acusan a Ortega de haberse enriquecido a expensas del partido, politizar las instituciones, «traicionar» los valores que forjaron la lucha que el FSLN inicio en 1961 en las montañas.

De hecho, solo dos de los nueve ex comandantes sandinistas siguen junto a Ortega, entre ellos el único fundador vivo del FSLN, y ex ministro del interior Tomás Borge.

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